Fragmento de La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro

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PRIMER DIARIO LIMEÑO (1950 – 1952)

 

 

 

 

 

20 de mayo

 

 

 

Quiero terminar este cuaderno con una página que espero sea definitiva. No quiero continuar este diario. Gregorio Marañón me ha abierto los ojos a una realidad presentida: «Todo diario es un lento suicidio.» Soy muy cobarde para quitarme la vida. Por lo demás, mi «yo» es un motivo decepcionante de observación. El mundo es más atractivo. Debo volcarme en él.

 

 

 

DIARIO MADRILEÑO (1955)

 

 

 

5 de febrero Hoy día de desesperado porque no tenía cigarrillos, porque no tenía para viajar en tranvía, porque no podía tomarme un café en la calle, fui al Monte de Piedad y empeñé la máquina de escribir que había alquilado la semana pasada para pasar en limpio mis cuentos. Como mi obligación de devolver la máquina a la propietaria se debía hacer efectiva a fin de mes, contaba aún con veinte días largos por delante para desempeñarla. He aquí que cuando llego a la pensión me llaman por teléfono. Era la propietaria de la máquina. «Oiga usted, me dice, voy ahora a llevarle otra máquina en mejor estado a fin de cambiársela por la que usted tiene.» Había previsto todo, menos esta estúpida contingencia. Menos mal que conservé la sangre fría. «Parto en este momento para El Escorial y no regreso hasta el lunes. Pase usted el lunes a mediodía para cambiar las máquinas.» De modo que de aquí al lunes debo recuperar el aparato del Monte de Piedad, es decir, conseguir 400 pesetas en este Madrid inhóspito, donde no veo quién pueda ayudarme.

 

 

 

28 de febrero Es curioso, pero en Madrid pierdo la capacidad de concentración y tiendo a extrovertirme. Me resulta difícil permanecer solitario, reflexionar, en consecuencia mantener con regularidad este diario. Prueba de ello es que durante los ocho meses de mi primera residencia en esta ciudad (noviembre de 1952 a julio de 1953) no escribí ni una sola línea en este cuaderno y más bien frecuenté los cafés y a los amigos. En París todo resulta distinto. Es una gran escuela de soledad. La resistencia del medio obliga a definirse, a medir sus fuerzas, a fortificar sus convicciones, a explorar constantemente su capacidad de defensa. En Madrid, en cambio, se confunden las fronteras entre la vida personal y la colectiva y uno se identifica rápidamente con el espíritu de la ciudad. He decidido por lo tanto partir hacia alguna pequeña ciudad de las inmediaciones -El Escorial, Aranjuez, Alcalá de Henares- en busca de una atmósfera apropiada al aislamiento ya la meditación. Nunca como ahora siento la necesidad de rectificar puntos de vista, de afirmarme en una posición. Como siempre floto entre dos aguas, pico de aquí y de allá, rechazo y acepto con la mayor sangre fría ideas contradictorias, carezco en absoluto de «opiniones». Mi incapacidad de elección es fundamental. No por riqueza de razones sino por insuficiencia de información. Cuando Ísmodes me preguntó hace poco qué opinaba sobre la situación política en el Perú me tomó tan de sorpresa que le respondí que «prefería reservarme mi opinión». En realidad no supe qué responderle en ese momento. Luego en casa me di cuenta de que hubiera podido responderle una serie de cosas y que si no lo hice fue porque nunca había reflexionado en ellas. Es necesario tener siempre su reserva de respuestas, su arsenal de opiniones. y esto sólo se puede conseguir si mantenemos vivos en nuestra conciencia, por la discusión o el diálogo interno, los problemas generales y sobre todo los de actualidad. Falta de lucidez, falta de «sentido de lo contemporáneo» son imperfecciones de mi inteligencia y por ello soy un mal conversador. Vivo siempre con algunos tiempos de retraso -en sentido musical- y por eso mi nota desafina o lo que es peor no se escucha. Éste es un defecto casi insalvable. No puedo yo, como Víctor Li, leerme cinco diarios y otras tantas revistas todos los días. Estar «al tanto» de las cosas nunca me ha preocupado. Para formarse primero hay que informarse. Yo anhelo lo primero sin someterme al sacrificio de lo segundo. Grave error que debo corregir a la brevedad.

 

 

 

26 de mayo ¡Qué miseria de vida! He pasado una noche sin dormir, caminando por las calles de Madrid, porque no tenía alojamiento. Recién he conseguido un cuartito en la calle Santa Clara. Tengo una de esas fatigas profundas en las cuales hasta se pierde el sueño. Para colmo no recibo de Lima ni noticias ni dinero. Solamente C. me escribe unas líneas frías y calculadoras que han sido como el golpe de gracia sobre mi abatimiento. Aquí en Madrid mi tío Ramón García Ribeyro parece haberse esfumado. Hace quince días que lo llamo por teléfono sin resultados. Mi formulario para la beca alemana duerme hace un mes en su cartapacio y aún no puedo enviarlo. La primavera naciente ha despertado la carne en las mujeres, las está dorando a fuego lento, sabe Dios para qué cópulas secretas. Y yo sigo solo -una vez más- lamentando la distancia, los amores perdidos.

 

Me pregunto si vale la pena estar así, sufrido, golpeado, humillado. ¿Cuál será la compensación a todo este sacrificio? Supervivencia de la vieja concepción cristiana: me digo que merezco un premio, una forma de felicidad inatacable y duradera. En París creí haberla conseguido en los bellos días de abril a octubre. ¡Qué ilusión! Ahora en esta covacha miserable todo huele a aceite, a ropa tendida, a humedad, a condenación. Hay tres radios encendidos que me destrozan los nervios. Una pensionista bonita pasa insistentemente bajo mi ventana.

 

 

 

25 de mayo (1 de la mañana) Es imposible resolver los misterios de mi destino asomado al patio de una casa de vecindad. De los cordeles cuelgan pijamas, camisetas, calcetines, intimidades femeninas. Al fondo los gatos se alborotan cada vez que lanzo un salivazo. Asciende un olor a cocina. Por las ventanas abiertas veo circular hombres en tirantes, viejas que trabajan infatigablemente. Arriba un cuadrilátero de cielo oscuro donde no brilla una estrella. Rumor de voces. Preparativos para el sueño. La noche crece sordamente como la marea de un mar invisible.

 

 

 

3 de junio Marañón en su libro sobre Amiel afirma que existe cierta incompatibilidad entre los diarios íntimos y la vida matrimonial. Hace algún tiempo había yo formulado la misma observación. Marañón cita en su apoyo el caso de Tolstoi, quien redactaba dos diarios: uno que conocía y que copiaba su mujer y el otro, el verdadero, que escondía en sus botas. Esto me invita a reflexionar nuevamente sobre el tema de la intimidad. La incompatibilidad aludida tendría una explicación interesante: el amor correspondido implica la destrucción de la intimidad. En otras palabras: entre los amantes se produce una fusión de intimidades. En estas condiciones sería imposible llevar un diario íntimo, salvo que, extinguido el amor, es decir, separadas las intimidades: el «diarista» recupere la propiedad de su yo y sus secretos. (Una mala noticia me impide todo ejercicio mental: la patrona toca la puerta y dice que me denunciará a la comisaría si no le pago las 2.000 pesetas que le debo por el cuarto.)

 

 

 

15 de junio (4 de la mañana) He encontrado en el diario de Charles Du Bos una frase que confirma una reciente intuición mía: «le suis plus que jamais le lieu de tout un faisceau de nécessités intérieures que se neutralisent l’une l’autre.» En efecto, pensaba hace poco que lo que determina el éxito o el fracaso de una persona es la forma como se concilian sus diversas cualidades. No por una ausencia de aptitudes muchos fracasan sino por una interferencia de aptitudes. Parece que el genio exige la armonía o la inarmonía, pero jamás la incompatibilidad de cualidades. La imaginación y el poder analítico suelen entorpecerse mutuamente, tanto como la inteligencia y la memoria o la fuerza creadora con la erudición.

 

 

 

25 de junio (4 de la mañana) Hace ya varios días que me resulta imposible leer un libro, escribir una página, sostener una conversación. Me brutalizo a pasos agigantados. Mi viaje a París tiene casi la urgencia de una medida sanitaria. Es horrible pasarme largas horas en mi cuarto, tratando de excitar mi inteligencia con libros o papeles y terminar a la postre escribiendo un epigrama. Probablemente lo que me ha hecho falta en Madrid es una ventana a la calle. Aquí, en la pensión de Atocha donde actualmente vivo, tengo al igual que en Santa Clara un patio de casa de vecindad por todo panorama. Me asfixio entre ropa colgada, aparatos de radio sonando a toda voz, fámulas que se desvisten con la ventana entreabierta.

 

 

 

30 de junio (4 de la mañana) Imposible dormir. Calor sofocante. En vano espío por la ventana, con la ilusión de ver moverse las hojas de los árboles. Cielo despejado y seco. La ciudad se cuece lentamente bajo el brillo impávido de las estrellas. Suena el pito de un tren en la estación de Atocha. Serenidad, plenitud, esperanza.

 

 

 

2 de julio (1 de la mañana) Fetichismo que sienten algunos españoles por Alemania. Don Pablo, viejo español de 58 años, católico, tradicionalista, ultraconservador y falangista, se plañe de que Alemania haya perdido la guerra y dice en la mesa:

 

          -¡Ah, ya verán los rusos! Dentro de diez o veinte años los alemanes tomarán Moscú.

 

          Envidia sorda que le profesan a los franceses.

 

          Don Pablo, que estuvo en París en el año 1925, dice:

 

          -París, muy bonito, pero qué clima tan horroroso. ¡Esa niebla que sale del Sena! No se puede respirar. Prefiero el clima de Madrid, su cielo velazqueño.

 

          Es curiosa la falta de sutileza, de ductilidad, de souplesse de los españoles en general. Tienen el cerebro endurecido y en él no entra ni a martillazos una idea nueva. «¡Que no!», «¡Ni hablar!», «De eso nada», «¡Pero si yo te lo digo!» son respuestas que siempre tienen a flor de labios y que lanzan contra toda opinión que amenace sus convicciones.

 

          Don Pablo hablando de Franco:

 

          -Indudablemente que es un hombre providencial, sí, elegido por Dios. Él nos ha salvado. Si no fuera por él estaríamos perdidos.

 

          Nada me indigna más que la incomprensión, que el fanatismo. Don Pablo es en el fondo una persona generosa hasta el desprendimiento, cordial con los extranjeros, hombre de gran corazón. Pero todo esto, ¿para qué le sirve? De buena gana suscribiría lo que decía Stendhal: «Yo no puedo vivir en compañía de personas sin inteligencia, por virtuosas que sean.»

 

 

 

SEGUNDO DIARIO PARISINO (1955)

 

 

 

París, 10 de julio Me parece mentira: otra vez en 15′ rue de la Harpe. La fatiga del viaje y la emoción de la llegada me cortan el aliento. Reencuentro con algunos viejos amigos. ¿Las ciudades nos gustan por sí mismas o por quienes las habitan? Deseos de ponerme inmediatamente a trabajar, de no perder esta vez ni un solo minuto. «Entre Francia y España», bonito tema para un artículo. No puedo negar el haber sentido al atravesar, quizás por última vez, los roquedales de Castilla, la nostalgia del fugitivo que huye de aquello que ama.

 

 

 

11 de setiembre (1 de la mañana) He renunciado a proseguir mi novela. Su bello título El amor, el desorden y el sueño es todo lo que perdurará de este inmenso naufragio. Tal vez quede flotando aquí y allá una que otra escena bien construida, que archivaré para aprovecharla en su oportunidad. La única conclusión que he sacado de esta experiencia es que debo mantenerme aún dentro de los límites del relato corto. Una novela es para mí, en las actuales circunstancias, una tarea superior a mis fuerzas. Tiene razón Roland Barthes cuando sostiene que una novela es «una forma de muerte» porque «convierte la vida en destino». En otras palabras, si yo pretendo escribir una novela inspirándome en mis experiencias debo darles a éstas una coherencia, una dirección y un sentido que las vuelvan inteligibles y fijarles un límite que constituya un desenlace. Ambas cosas son en mi caso imposibles, no solamente porque me siento incapaz de encontrarle a mi vida una significación sino porque sería arbitrario señalarle un término.

 

 

 

30 de setiembre Relectura de las últimas páginas de este diario. Creo haber encontrado la razón intrínseca de los diarios íntimos: tenerse a sí mismo por interlocutor.

 

 

 

31 de octubre

 

 

 

          -Ayer se cumplió un año de la partida de C.

 

          -Cada día tengo mayores razones para pensar que el secreto de mi desenvolvimiento, de mi éxito, reside en mi cantidad de horas de pensamiento, como para los aviadores en su cantidad de horas de vuelo. Lo cierto es, sin embargo, que el pensar no es la actitud natural de mi espíritu. Por lo general mi inteligencia sufre permanentemente como un estado de congelación y sólo al influjo de una incitación demasiado fuerte se produce el comienzo del deshielo. El acto de escribir, por otra parte, no sólo paraliza sino que a veces deforma mi pensamiento. El otro día Víctor Li me preguntó si yo escribía como hablaba, a lo que yo respondí que no sólo no escribía como hablaba sino que no escribía como pensaba. Reflexionando sobre esta respuesta veo que encierra algo más que una paradoja. La escritura posee una lógica rigurosa, funciona de acuerdo con un mecanismo propio, que una vez puesto en marcha expone a uno a decir cualquier cosa. El pensamiento actúa como un órgano de enlace entre los estados de conciencia y la escritura. Su misión es ordenar los materiales de nuestra vida interior y librarlos a la arbitrariedad de la escritura.

 

          -Analizar el carácter español desde esta perspectiva: ausencia del necesario componente de duda. Pueblo de creyentes

 

 

 

DIARIO MUNIQUENSE (1955-1956)

 

 

 

23 de noviembre Todo confluye para que estas primeras jornadas en Munich resulten provechosas en lo que a mi labor literaria se refiere. Vivo lo suficientemente aislado (Freimann) como para sufrir la visita de personas inoportunas. Mi habitación es grande, cómoda, abrigada. La casa está la mayor parte del día silenciosa. Desde las tres de la tarde, en que regreso del centro, dispongo completamente de mi tiempo. El frío engendra en mi cerebro una saturación de ideas. Sin embargo, llegado el momento, sufro una parálisis de mis recursos intelectuales. Quedo con la pluma en la mano tratando de encontrar un lugar vulnerable en el torbellino de mis solicitaciones. En realidad mi espíritu se asemeja a un carrusel al cual debo «subir al vuelo». Su velocidad me lo impide y de tanto esperar pierdo la paciencia. Esto me demuestra hasta qué punto yo no me identifico con mis ideas. Ellas están al lado y para tener acceso a su recinto debo actuar con celeridad, con audacia, casi como un ladrón. Este desdoblamiento entre lo que podría llamarse los instrumentos y la materia de mi inteligencia cada día se acentúa más. Entreveo una grave crisis, desde que mi capacidad de análisis, sin un objeto sobre el cual encarnizarse, terminará devorándose a sí misma. Análisis a la segunda potencia. Caso típico: Amiel.

 

 

 

17 de abril Cuando confronto mi vida cotidiana -lecturas, meditaciones, páginas de crítica, líneas añadidas a mi novela- con la vida real, con lo que sucede fuera de mi ventana, con lo que sucede implacablemente cerca y lejos de mí, no puedo evitar un sentimiento de angustia, de pesar, de (palabra horrible) descorazonamiento. Me siento inútil, incomunicado, una especie de larva viviendo artificialmente bajo una campana neumática. Mi madre me escribe contándome su convalecencia, la enfermedad de mi hermano, la desesperación de estar los dos en cama, sin poder prestarse auxilio, con las letras de cambio que se vencen, la vergüenza de pedir préstamos… Todo eso es horrible. Por momentos me provoca acabar con esta farsa de intelectual y regresar a mi casa para levantar con mi trabajo un hogar que se arruina. ¿Por qué no podré hacerlo? Respondo: por fidelidad a mi vocación. Tal vez esto no sea más que una miserable argucia.

 

 

 

Pero frío todo, congelado. Prefiero Apollinaire. Nueva imagen de Gide a través de sus cartas a Valéry. ¡Qué lirismo, qué amor a la literatura la de ambos! Me hacen recordar al Flaubert de los quince años, el que admiraba a Byron y dormía con un puñal bajo la almohada. Sobre todo Gide. ¿En qué momento surge el analista?

 

 

 

10 de mayo Me he levantado a medianoche para encender un cigarrillo y llenar algunas cuartillas de papel. Una vez la pluma en la mano, el pitillo en los labios me doy cuenta de que no tengo nada que decir. Hace algún tiempo que experimento la misma sensación. Proliferación de ideas, pero incapacidad para transcribirlas o mejor dicho degoût por el acto mecánico de escribir. Éste se debe en parte a la lectura de Valéry -que ha exacerbado mi desconfianza en las palabras- pero también a la especie de náusea que me producen los diarios íntimos. Cada día los encuentro más disparatados, más inútiles. Ahora estoy sumergido en el tomo II del diario de Stendhal. En realidad estoy por darle la razón a Víctor Li: el diario no es un género literario. El diario de Stendhal sería ilegible si su autor no lo fuera igualmente de Rojo y negro, Lucien Leuwen, etc. El novelista ha despertado la curiosidad acerca del hombre y el hombre es por momentos antipático. En las quinientas páginas que he leído no ha hecho otra cosa que tratar de sot, plat, nigaud, bête o sans esprit a todos sus amigos, parientes, contemporáneos. Esa obsesión por colocar el esprit en la cima de las virtudes humanas es inaceptable. Un hombre que se sentía feliz por haber hecho dos buenos calembours en un salón o por haberle pellizcado la pierna a la dueña de casa es en realidad un hombre sospechoso. Si no fuera por su estilo, que a fuerza de ser natural deviene invisible, no lo soportaría.

 

 

 

11 de mayo La ventaja de no tener opiniones es que uno jamás se repite. He observado que yo no puedo frecuentar mucho a las personas de opiniones formadas, pues son terriblemente aburridas. La conversación gira siempre sobre los mismos temas y las respuestas ya las conozco de antemano.

 

 

 

Yo rara vez digo dos veces la misma cosa del mismo asunto, pues para mí todos los temas son una sorpresa y me obligan a improvisar.

 

 

 

-La única ventaja de la gloria es que hace soportable la veJez.

 

 

 

-Uno de los caracteres esenciales de mi temperamento es la avidez, la vehemencia, la voracidad. Me fumo en la mañana los cigarrillos de todo el día, antes de que el patrón se retire del cuarto ya me he engullido todo el plato de sopa. Lo mismo sucede con la lectura: en tres días he devorado los cuatro tomos del diario de Stendhal, de modo que mañana domingo moriré de aburrimiento. Previsión, economía, método, son palabras que no tienen sentido para mí. Jamás he podido distribuir mis bienes en proporción a mis necesidades. Mis apetitos no tienen otro límite que la fatiga y no se extinguen sino con el abuso. Cuando bebo es para emborracharme, cuando hago el amor hasta quedarme dormido, cuando leo hasta que mis ojos inflamados no distinguen las letras.

 

 

 

Sin fecha (pág 108) Esperando el tranvía en una ciudad extranjera, rodeado de gente a la que nunca volveré a ver, viendo las tiendas, los letreros, el suave sol de la primavera esmaltando los tejados, he sentido uno de esos efluvios de plenitud, de optimismo, de amor a la vida que para los demás son una norma y para mí una excepción. Mi felicidad era tan grande que no cabía en mi corazón. Con los ojos empañados miraba a la gente como si quisiera abrazarla y contagiarle mi gozo y decirles que no se preocuparan por nada, que no se torturaran, que ya todo iba a pasar, que la dicha estaba allí en las veredas, en los árboles, en las campanas, al alcance de todos los que quisieran inclinarse y arrancarla como se arranca una rosa.

 

Media hora más tarde, sentado en el tranvía, sentí mi pecho cansado, pastoso e insensible el rostro de la gente, triste e inhumano el paisaje: por las ventanas desfilaban los galpones de un viejo campo de concentración.

 

 

 

Julio.. Continúan las jornadas extenuantes de natación. ¿Adónde me conducirá esto? La única ventaja que he obtenido hasta el momento es la desaparición del insomnio. Duermo de un tirón, como en París en la época del ramassage. La contrapartida es la falta de vida interior. En mí siempre la reflexión ha estado unida a un estado de salud precario, a la falta de sueño, a ese exceso de energía no empleada que ahora la natación acapara y destruye. El culto del sol, del aire, del nudismo no conviene evidentemente a mis designios. El espíritu celoso de las prerrogativas concedidas al cuerpo ha decidido callarse.

 

 

 

-El gran error de la democracia consiste en creer que la desigualdad de los hombres proviene de su falta de libertad, cuando el fenómeno es precisamente el inverso.

 

 

 

10 de julio Reapertura del diario en un cuaderno nuevo. Malos días a raíz del fracaso de mi beca en París. Incertidumbre. Largas jornadas perdidas, sin leer, sin estudiar. Natación. Decisión de presentarme a los Juegos Florales de San Marcos con mi relato «Invitación al viaje». Intoxicación de cigarrillo y del alcohol. Por consiguiente, angustia.

 

 

 

-Despaché a C. carta de ruptura. Me he preguntado enseguida por qué lo he hecho. Respuestas:

 

 

 

l. Para adelantarme a una posible carta suya en igual sentido.

 

 

 

2. Porque no me interesa como compañera.

 

 

 

3. Porque sentí la necesidad de escribir algo importante.

 

 

 

4. Por aburrimiento.

 

 

 

5. Por el estado de desasosiego en que me ha dejado la mala noche de ayer.

 

 

 

6. Por jugar una última carta a fin de retenerla.

 

 

 

7. Para, al echar la carta en el correo, cambiar un billete de cincuenta marcos.

 

 

 

Todas estas respuestas son posibles, ciertas en alguna medida. Lo que demuestra la complejidad de los actos humanos.

 

 

 

30 de julio El inconveniente de una moral estoica, a la cual me siento inclinado, es que nos condena a una irremisible pasividad frente a los acontecimientos. La ventaja es que nos permite soportar fríamente los pequeños y grandes golpes de la vida. Cada vez que me ha sobrevenido una desgracia he pensado, como Epicteto, que estoy representando un papel y que esa pequeña desdicha que me conmueve era un incidente previsto en la función. Esta reflexión me permite desdoblarme, enfrentarme a la vida no como persona sino como personaje y ver en lo que podría ser un drama una interesante comedia. Esta actitud requiere cierta sangre fría, cierto coraje, pero ¡cuánto más humano y más hermoso es rebelarse, protestar, querer mudar de destino!

 

-Ahora, por ejemplo, debería lamentarme por la carta enviada a C. y por su silencio subsiguiente. Debería, además, enviarle una carta de retractación. En suma, modificar el curso natural de los acontecimientos, introduciendo nuevas circunstancias o variando las iniciales. Pero prefiero esperar, ver «qué cosa sigue», permanecer disponible para aceptar todas las sorpresas de la vida.

 

-Uno de los problemas que más me inquietan es la imposibilidad en que me encuentro de definir mi posición política. Mi espíritu es esencialmente problemático y por esta razón incapaz de aceptar cualquier forma de dogmatismo.

 

 

 

TERCER DIARIO PARISINO (1956 -1957)

 

 

 

14 de octubre No tiene objeto mirar por la ventana cuando no se espera a nadie. Las cinco calles que se cruzan frente a mi hotel son como los cinco rostros de la indiferencia. Preferible es cerrar la cortina y encender la luz. El domingo es largo, ajeno. Sólo mi soledad me pertenece.

 

 

 

DIARIO ANTUERPENSE (1957)

 

 

 

Amberes, 25 de abril de 1957 Amberes… ¡cuánto tiempo ha pasado desde mi última página de cuaderno! ¿Veinte días?, ¿cuarenta días? En aquella época me ocupaba de Solange, a quien no veré jamás. Ahora hay otras cosas que hacer. Un mandil blanco, las manos metidas todo el día en las sustancias químicas. ¿Para qué repetir lo que he dicho en mis cartas? Una vida nueva que empieza, una experiencia más. ¿Será éste el último ensayo? No lo creo. Diez años leyendo libros de ficción, flotando entre vaguedades, no corren en vano. Mi espíritu se ha adaptado a lo inconcreto. Mis manos han perdido la destreza de los trabajos manuales de la infancia. Mi memoria se ha acostumbrado a retener sólo lo que le place. Necesito voltearme, como un guante.

 

 

 

17 de mayo Envejecemos cuando nos damos cuenta de que empieza a sobramos un poco de pasado. Los recuerdos se acumulan y ya no sabemos qué hacer con ellos. Nuestra memoria parece tener una capacidad limitada. Vencida ésta, sobreviene el desorden, el embarazo y lo almacenado asoma a la conciencia.

 

          Precisamente lo que me ha impedido dormir ha sido un exceso de recuerdos. Recuerdos en cadena que comienzan en París y se prolongan hasta Lima a través de mil peripecias.

 

          Es maravilloso el mecanismo de la vida interior, ese proceso inagotable e irrepetible de la asociación de ideas. Todo empezó en una caja de cerillas belgas que miré y que me hizo recordar a las cerillas españolas. La caja de cerillas españolas se circundó inmediatamente de multitud de objetos. Vi botellas de coñac, el colegio Guadalupe, antiguos camaradas, mujeres que me importaron y que ahora me parecen personajes de sueño o de lecturas. Luego vino París, el París de mis once estadías, a cual más diferente, más digna de ser amada; Munich y mis largos días de anacoretismo forzoso; Varsovia, donde fui no sabré nunca cómo; Londres, con Perucho, con Romualdo, otra época, otro mundo. Todo aquello para terminar en Lima, mirando aquel pequeño calendario donde día a día anotábamos los hechos más importantes. Era una especie de diario público del cual nos servíamos todos, hasta nuestros amigos. Sus pequeñas páginas nos obligaban a ser breves, escribíamos en sentencias, muchas veces en clave o nos servíamos de dibujos para resumir una situación. Cuando murió mi padre en 1946 dibujé un ataúd con cuatro cirios.

 

 

 

9 de junio Lo que me impedirá -como hasta el momento me lo ha impedido- aquello que se llama «triunfar en la vida» es el carácter dilemático de mi inteligencia que me propone siempre un mayor número de soluciones que las que los problemas exigen sin esclarecerme sobre cuál es la que debo adoptar (frase irrespirable). Por esta misma razón mis decisiones adolecen de falta de convicción -como que las tomo casi al azar- y las acciones que originan, de falta de tenacidad. La consecuencia final de este defecto no es la inactividad sino la dispersión.

 

          -Escribir es inventar un autor a la medida de nuestro gusto.

 

 

 

3 de agosto Me pregunto si mi carrera de escritor habrá ya terminado. En lo que va del año no he escrito absolutamente nada, si exceptuamos este diario. Los primeros meses del año los perdí proyectando y esbozando una colección de pequeñas piezas representables, aconsejado por Hernando Cortés. En Amberes comencé algunos cuentos, que ahora duermen en ese folder devorador de ideas que lleva por título «Cuentos en preparación». Eso es todo, creo, aparte de cartas, de articulitos para los diarios, de breves notas sobre libros. La verdad es que comienzo a preocuparme.

 

          No es tanto la falta de tiempo, de ideas, ni de entusiasmo. Es una crisis de otro orden y donde veo una influencia hasta cierto punto nefasta de Valéry: la concepción de un estilo geométrico, transparente y precioso, la necesidad de decir cosas inteligentes y decirlas de la única manera como pueden ser dichas. En resumen: el sacrificio de la fuerza a la lucidez. Esta concepción del estilo sería útil en un ensayista, en un filósofo, en un redactor de editoriales, pero en un escritor de mi naturaleza que necesita trabajar con situaciones dramáticas, con personas en movimiento, valdría más un estilo simple y activo, exento de sutilezas, un estilo de narrador. Si Valéry no escribió novelas no fue seguramente por falta de argumentos sino por su resistencia a la escritura de todas esas frases banales que constituyen el cuerpo de una narración: «avanzó resueltamente hacia la esquina», «pidió una cerveza y un paquete de cigarrillos», etc. Ésa es la misma resistencia que cada día se acentúa en mí, de modo que cuando debo narrar un hecho con frases banales renuncio a la narración del hecho por escribir una frase redonda que lo resume. La diferencia: el hecho narrado con frases banales es un cuento. La frase redonda es una frase.

 

          En realidad -tengo casi la evidencia- si alguna vez escribo un libro importante, será un libro de recuerdos, de evocaciones. Este libro lo compondré no sólo con los fragmentos de mi vida, sino con los fragmentos de mis estilos y de todas mis imposibilidades literarias. Un libro de memorias -en un grado mucho mayor que la novela- es un verdadero cajón de sastre. En él caben las anécdotas, las reflexiones abstractas, el comentario de los hechos, el análisis de los caracteres, etc. Es un libro, además, sin problemas de composición.

 

 

 

20 de agosto Nosotros tenemos una personalidad compuesta de lecturas y que pide prestada -cuando escribimos- su ética, sus sentimientos, sus convicciones y su lenguaje, no al hombre cotidiano que la porta, sino a los cientos de personajes confundidos que encierra nuestra memoria.

 

 

 

 

 

DIARIO DE BERLÍN, HAMBRUGO Y FRANCFORT (1958)

 

 

 

20 de marzo Ayer por la noche mi estado de depresión nerviosa alcanzó el paroxismo. Efecto tardío de las cuatro tazas de café bebidas en el almuerzo. A las diez de la noche sentí algo así como la proximidad de la locura. Nadie con quién conversar. Vertiginosa salida hacia los bares. Reflexiones sobre la soledad. ¿Qué hacía yo caminando por las calles de Berlín? En una esquina me aposté en un mostrador para beber una cerveza. Mi expresión debía ser tan atormentada que un hombre que bebía a mi lado me preguntó: «Warum sind Sie so nervös?» y luego me comenzó a hablar, incluso me dio consejos, me entretuvo. Era un obrero. Lo dejé hacer. A la media hora, con el esfuerzo que había hecho para comprenderlo, mi intranquilidad había desaparecido. Salí reconfortado por este pequeño, incompleto pero invalorable contacto humano. Así basta a veces una palabra, un gesto, un mínimo ademán de comprensión para darnos cuenta de que no estamos solos, de que a pesar de todo, el hombre se interesa por el hombre. ¿Hasta qué punto? He allí lo grave. Como dice La Bruyere: «Ninguna persona gana en ser profundizada.» Los amigos que más estimo son aquellos que no conozco completamente, es decir, que no he querido conocer hasta el revés de la figura. La amistad tiene una frontera natural que nunca debíamos sobrepasar: más allá de ella el contacto se convierte en colisión.

 

 

 

7 de abril Escribo porque el placer que me produce el acto de escribir es de una calidad tan especial que no puedo compararlo con ningún otro que pueda ofrecerme la vida. Bien entendido, no se trata de un placer físico, y justamente lo que no sé es en qué plano de nuestra sensibilidad se da este placer. Biológicamente, escribir me daña: fumo demasiado, muchas veces bebo, se me entumecen los dedos, me arden los músculos del cuello, y siento todos los síntomas de una tortura. Pero todo esto va acompañado paralelamente de un gozo tan singular que podría hablarse casi de un caso de masoquismo si es que no fuera más justo invocar el ejemplo de los místicos que se disciplinan. Lejos de mí sin embargo darle al acto de escribir un carácter sacral o religioso. Pero sí sostengo que escribir es una inmolación consciente y razonada que el escritor -el verdadero- hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga. ¿Qué es escribir si no inventar un autor a la medida de nuestro gusto?

 

 

 

SEGUNDO DIARIO LIMEÑO CON INTERLUDIO AYACUCHANO (1958 -1960)

 

 

 

20 de febrero Pequeño paseo nocturno por mi barrio de Santa Cruz. En realidad, esta zona carece de poesía. La poca que existió -eucaliptos de Dos de Mayo, viejos ficus de Pardo, caserones abandonados- ha desaparecido víctima del progreso. Pero, aparte de esto, hay calles como Enrique Palacios que llevan en sí la predestinación de una incurable fealdad. Esta calle sólo puede ser salvada por la destrucción. He permanecido cinco minutos mirándola desde una perspectiva arbitrariamente escogida y he visto sucesión de fachadas pequeñas, sucias y tristes: un callejón, luego una peluquería, luego una tapicería, luego un verdulero, luego un sastre, luego una pulpería. Obreros o pequeños empleados en su mayoría. Mucha gente en la calle. Atmósfera densa de verano.

 

 

 

30 de setiembre Tiranía de las asociaciones. En el cuarto del hotel se apagó dos veces la luz. «¡La seña!!», pensé de inmediato. Sin transición me encontré en París, en mi cuarto del Hotel Jeanne d’Arc, en 1954. Cada vez que C. me llamaba por teléfono, el conserje, para no subir los tres pisos, cortaba por dos veces la luz de mi habitación si era de noche o la encendía dos veces si era de día. Cuántas noches, tendido en mi cama, miraba fijamente la bombilla encendida hasta enceguecerme, esperando la señal. De pronto el cuarto quedaba a oscuras y de un salto yo me precipitaba al pasillo, descendía a zancadas las escaleras y entraba como un bólido a la conserjería. «Doucement, decía el patrón, vous risquez de vous casser une jambe.» Todo esto lo conserva mi memoria preciosamente y yo me digo: «¡Qué hago aquí, Dios mío, qué maldición ha caído sobre mi pobre corazón!»

 

 

 

Creo haber encontrado el estilo del diario íntimo: un estilo apretado, expresivo que interesa no solamente como testimonio sino también como literatura. Si continúo por el mismo camino creo que mi diario, de aquí a algunos años, será probablemente la más importante de mis obras. Esto no me alegra, ciertamente.

 

 

 

18, 19 o 20 de enero (?) A veces pienso que podría hacer temblar al mundo desde esta miserable covacha si, liberándome de todas las ataduras, escribiera brutalmente, como sé que puedo hacerlo. Pero me detiene el pudor, un exquisito amor por las formas y la cobardía de todos los escritores que sienten interponerse, entre ellos y la vida, una biblioteca y veinte años de lecturas. Sin embargo, llegaré quizás algún día a tal grado de comprensión que estallarán mis ligamentos y saldrán disparadas las palabras como piedras.

 

 

 

(1960)

 

 

 

27 de noviembre Momentos en los cuales es fácil tomar una determinación definitiva. Satisfechos mis deseos primarios, me siento desapegado de todas las servidumbres del instinto y me parece reencontrar mi verdadera, mi esencial naturaleza.

 

 

 

Lucidez extrema la de esta noche, coraje a pesar de la fatiga y sobre todo deseo ferviente de poner en marcha la máquina de mi talento. Sé, tengo la viva conciencia de que me prodigo en pequeñas e inútiles observaciones, en páginas como éstas, escritas a vuelapluma, en levantar el frágil andamiaje de una obra que por ese camino nunca llegará. Sé también, o diría mejor presiento, que puedo llegar a la concentración. Para ello, claro está, debo empezar por aniquilar al enano maléfico y devorador del diario, de la introspección, del registro mortal de mi persona.

 

 

 

(1961)

 

 

 

3 de marzo La sensación de fracaso en la que permanentemente me encuentro reside en haber querido establecer un compromiso entre los «placeres de la inteligencia» y los «placeres de la vida». He querido llevar una existencia intelectual, pero sin renunciar a las perspectivas de una vida holgada, cuando teniendo en cuenta mi escasa capacidad de acción, la obtención de uno de estos objetivos apareja el sacrificio del otro. De este modo, careciendo de fortuna y no poseyendo un gran talento, estoy condenado a ser un mediocre vividor y un escritor mediocre.

 

 

 

23 de marzo Larga interrupción del diario. Pérdida del sentido de lo pintoresco. Búsqueda de lo esencial. Inquietud. Esperanza de realizar algo importante. Buscar la tensión, en la que brotan chispas del lenguaje. Imaginar el lenguaje como un material forjable, el cual bajo el efecto de una temperatura determinada, entra en incandescencia y cambia de naturaleza. Muy pocas veces he conseguido ese estado, poquísimos ejemplos entre las miles de frases que he escrito. Imagino un libro o aunque sea un relato, que constituya una alineación de períodos tensos. Pero eso debe ser quizás la poesía.

 

 

 

Por ejemplo: lo que he pensado sobre mi padre y el rostro de Dios. Debe haber una fórmula que me permita expresarlo en el mínimo de materia y el máximo de intensidad. Tal vez: «He observado que, en mis sueños, Dios posee el rostro de mi padre», o «Mi Dios personal aparece siempre en mis sueños con el rostro de mi padre».

 

 

 

De esta afirmación pueden sacarse muchas conclusiones: deificación del recuerdo paternal, complejos infantiles de temor reverencial frente a la figura paterna, etc. Pero esto debe también estar expresado en fórmulas definitivas.

 

 

 

10 de abril ¿Por qué existirán habitaciones que estrangularán en quien las habita toda tentativa de creación? Esta que tengo ahora en la Avenue des Gobelins es el nicho del ingenio: estrechísima, larga, oscura, amenazada por el bullicio de tanta carrocería. No se trata, sin embargo, de una habitación miserable (la sordidez a veces estimula la imaginación) sino de una pieza donde se ve con demasiada evidencia la mano ecónoma del previsor e insoportable patrón de hotel parisino. Es lo que se puede llamar una habitación mezquina. No hay la posibilidad de dejar correr el agua en el lavabo, ni la de conectar un tocadiscos porque los plomos estallan. No hay una repisa donde poner libros, ni un escondrijo donde sepultar la maleta para evitarnos la impresión de ser los eternos viajeros. Por el contrario, toda la configuración de la pieza parece destinada a recordarnos que somos pasajeros, que no tenemos la más remota esperanza de estabilidad y que debemos eliminar de nuestra imaginación el proyecto de establecer aquí nuestro domicilio. Si las habitaciones hablaran, ésta diría: «Extranjero, te consiento que duermas, pero vete lo más pronto que puedas y no dejes el menor recuerdo de tu persona.»

 

 

 

3 de abril Mis grandes citas de amor no han sido con las mujeres -si exceptuamos la de la Plaza de la Inquisición y la más reciente frente a Notre- Dame- sino con un cuarto de hotel, por lo general sombrío, donde no me esperaba otra cosa que una máquina de escribir y una página en blanco. Quienes me han visto pasar, raudo, obsedido, habrán tal vez imaginado un caluroso abrazo al final de tanta prisa. No saben que todo terminaría en una carilla, en una frase, a veces ni siquiera en eso, pues en estas citas también hay frustraciones. Ahora he subido la montaña de Saint -Genevieve, he descendido por la rue Mouffetard, he retomado la Avenue des Gobelins, bajo la fina lluvia primaveral, con la esperanza de escribir tan bellas cosas… Más me valiera, me digo, haberme detenido en algún bistrot del camino para escuchar, modestamente, el rumor de la vida.

 

 

 

24 de abril Documento gracioso: carta de ediciones Du Seuil rechazando mi novela (Crónica de San Gabriel). Este rechazo me lo esperaba bien, pero lo que me divierte son las razones que dan. El lector habla de una «aplastante influencia» de Faulkner. Ahora bien, jamás en mi vida he leído una sola línea de Faulkner (de lo cual me avergüenzo). Es uno de esos autores frente a los cuales, por ignorarlo, siento un complejo de culpa.

 

 

 

11 de mayo ¿Porqué esa maldita costumbre de beber mientras escribo? -Ayer, que me levanté temprano, me senté a la máquina con una botella de coñac por delante: a mediodía estaba completamente borracho. Es verdad que culminé el primer capítulo (de Los geniecillos dominicales) en forma brillante: vomitando como Ludo. ¡Y por la tarde tener que ir a trabajar! La bebida me es necesaria durante el acto, no sólo porque aumenta mi inventiva gramatical, sino porque suprime la fatiga, o mejor dicho, la va -guardando para más tarde. Además no creo que beber sea una rareza entre los escritores. Creo que es la ley, por el contrario (Flaubert, Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Beckett, etc.).

 

 

 

Otra cosa: ahora, mientras almorzaba en un restaurante del bulevar Saint-Michel, comprobé que me gustan todas las mujeres, todas. Renacimiento primaveral de mis cualidades viriles, pero empobrecimiento de mi capacidad de selección. Vi sobre todo a una que me hizo pensar en la reveladora nota de Stendhal en uno de sus manuscritos: «¿Qué hubieras preferido, tener a X. o escribir La cartuja de Parma?»

 

 

 

19 de julio Tengo tantas cosas que hacer: novela por continuar, cuentos por terminar, cartas por responder, páginas por corregir, piezas de teatro por esbozar, que paso mis pocas horas de libertad sentado ante mi montaña de cartapacios, fumando como un demonio, sin saber por dónde comenzar. Cojo un papel, leo un poco, lo archivo; cojo otro, añado una línea, lo guardo; cojo un tercero, lo rompo… y así pasa el tiempo, perdido entre mil despojos, mil ideas movedizas, y nada, nada realizado. Lo último escrito fue hace tres meses: «El último cliente.»

 

 

 

Profesionalización del trabajo literario: nefasto. De saber que debo entregar dos cuentos largos a Gallimard, mi novela dentro de tres meses a la Nymphenburgerverlag, obras de teatro a Histrión o la AAA, me siento seco como una piedra. Además, este cuarto, qué vana comodidad, qué lujuria, y esta cama albergadora de sabe Dios qué vieja tradición erótica.

 

 

 

26 de agosto De mi madre, hasta hace poco, sólo conocí el rostro de entrecasa: el rostro de la preocupación, de la fatiga, de la reprimenda, de la inquietud. Ese rostro venía desde que nuestro padre estuvo vivo y fue el que nos tocó heredar, con todas sus arrugas, y otras más que nosotros fuimos cavando, siempre en el sentido del sufrimiento. Pero aun fuera de casa, en casa de nuestros parientes, mi madre conservaba su expresión torturada, porque siempre, en fiestas y cumpleaños, le tocaba a ella la parte dura, la faena de la cocina, la riña con las sirvientas y el albur de los platos rotos.

 

Sin embargo, una tarde descubrí que mi madre tenía otro rostro. ¿Por qué fui a esa kermesse del Parque de Miraflores?

 

Era un feo domingo y además una kermesse organizada por la Parroquia de Santa Cruz: el dinero recolectado iba a engrosar el capital de alguna banda de curas. No recordaba en ese momento que mi madre, como feligresa de esa parroquia, formaba parte del comité organizador de dicha tómbola.

 

Estuve vagando por los kioscos entre multitud de mujeres que yo conocí chiquillas y que ahora andaban casadas y habían procreado otras chiquillas. Me aburría enormemente, comí anticuchos y no los pagué, aprovechando del tumulto. De pronto me vi ante un kiosco donde rifaban, mediante una gigantesca rueda de la fortuna, multitud de canastas que contenían bebidas y alimentos. Fue entonces cuando vi el rostro. Al principio no lo reconocí: pero era mi madre la que estaba a cargo del kiosco, detrás del mostrador, sudorosa, arrebatada como siempre, pero esta vez su fatiga, lejos de envejecerla, le daba una radiante lozanía. Su rostro me hizo recordar al de sus fotografías de juventud: un rostro alegre, gracioso, invitador, ante el cual cedían los clientes y se enrolaban en la lotería, y hasta una voz distinta, que se dirigía a todos y cada uno, invitándolos dichosamente a tomar parte en el juego. Yo, oculto entre la multitud, estuve observando ese rostro, sin atreverme a acercarme, porque estaba seguro de que si me divisaba, caería sobre él toda la sombra que era capaz de contagiarle mi presencia. Y por eso me fui, avergonzado, remordido, porque tal vez ése, y solamente ése, era el verdadero rostro de mi madre.

 

 

 

(Sin fechar) En la Sala de Prensa de la Prefectura, cuatro grandes escritorios pegados entre sí, formando un enorme cuadrilátero. En cada escritorio un periodista. La superficie está llena de cartapacios, ceniceros y teléfonos. Cuando llego, uno de los periodistas está dando una noticia por teléfono, según una hoja manuscrita que ha sacado de un cartapacio: «La pequeña Chantal, de 13 años, fue encontrada esta mañana a las seis horas cinco estrangulada en el bosque de Boloña…» Un periodista viejo que lee a su lado la página del horóscopo de la revista femenina Elle, lo interrumpe: «Estrangulada no. Asfixiada, asfixiada con un pañuelo en la boca…» El informante rectifica la noticia: «La pequeña Chantal fue encontrada asfixiada… a consecuencia de un pañuelo que se le introdujo en la boca. La víctima había sufrido, según pudo constatar la policía, graves violencias.» El periodista vecino vuelve a interrumpir sin quitar la mirada de su revista: «Odiosas violencias… no graves violencias. Tú no conoces el estilo.» El informante vuelve a corregirse: «Espere usted… la pequeña Chantal había sufrido odiosas violencias, al parecer atacada por un pervertido.» Tercera intervención del otro periodista: «Se dice sátiro, no pervertido… Parece que no fueras hombre de letras.» El informante cubre el fono con la mano y se vuelve a su vecino: «Yo no soy un hombre de letras, ¡ah no!… nunca lo he pretendido… », y continúa dando su informe telefónico.

 

 

 

(1962)

 

 

 

14 de marzo El bienestar es mudo y la angustia locuaz. Mi diario interrumpido desde que AC me acompaña. Si ahora lo abro es para consignar una amenaza imprevista contra mi paz al fin alcanzada: el próximo mes debo dejar mi departamento de Saint-Severin. Dejarlo cuando ya estaba acostumbrado a él, cuando le guardaba gratitud y cuando el sol, después de haber girado por todo el cielo, vuelve a entrar por el mismo sitio -dorando antes las gárgolas- por donde entraba la primavera pasada.

 

 

 

17 de marzo La impresión que me producen ciudades como París o Barcelona, cuando las comparo con Miraflores, es que son unos enormes cementerios. No sólo por la arquitectura uniforme, monumental y gris -como los cuarteles del cementerio limeño- sino porque en sus casas ha muerto mucha gente. No hay habitación que no guarde el recuerdo de una agonía. Las casas de Miraflores, en cambio -sin considerar la parte vieja-, son casas que sólo han conocido nacimientos y bodas. Pocos féretros han atravesado sus lindos muros y sus jardines. Son casas donde la historia comienza o diría casi sin historia. En casas así la historia comienza con su primera capilla ardiente.

 

 

 

11 de setiembre Como un cazador a la expectativa de su presa, desde hace semanas, meses, acecho el momento de poder escribir algo. Me levanto pensando en qué momento del día me quedará una hora libre. Me acuesto imaginando que al día siguiente, entre una visita y una comida, se me ofrecerá así, inocente, confiada, la hora que tanto busco. Pero pasan los días, los meses, y entre el metro, el trabajo, el sueño y el amor, se me va la vida. Mi agente literario me acribilla a cartas pidiéndome originales para Alemania. De Lima me piden manuscritos. Y mis cuentos largos y cortos, mi descosida novela Los geniecillos dominicales y las piezas de teatro duermen en sus cartapacios póstumos. A veces cojo uno cuando voya la Agencia y entre dos cables por traducir, o abajo, cuando salgo a tomar el café, lo ojeo ávidamente, buscando el punto muerto que es necesario activar, la palabra tarjada donde sucumbió mi ingenio. Todo es una comedia, claro. Mi cartapacio bajo el brazo es como el estoque que lleva el torero jubilado o el sombrero de hongo de alguien que se arruinó.

 

 

 

 

 

20 de noviembre (Sueño) Estoy en el interior de una tienda extraña, que es al mismo tiempo un taller de reparaciones de calzado y una oficina del ramo de loterías.

 

 

 

Tengo un billete de lotería en la mano terminado en 11 y al cotejar la lista oficial veo que está premiado con 40.000 nuevos francos. Mi novia coge el billete, se lo entrega a una empleada y se va. Quedo ante el mostrador esperando que me paguen el billete o que me lo devuelvan. Sale un hombre gordo, con aspecto de zapatero remendón, con un martillo en la mano. Le pregunto por mi billete y se hace el desentendido. Un empleado suyo da vueltas a mi alrededor blandiendo una especie de lima o punzón. Yo insisto para que me devuelvan el billete, pero lejos de hacerme caso, el patrón y su dependiente me amenazan con sus instrumentos. De pronto me veo en la calle, frente a un paradero de autobuses donde espera mucha gente. El patrón de la zapatería aparece y yo comienzo a pegarle patadas. Mientras le pego, le digo a la gente que espera el ómnibus: «Este hombre se ha agarrado mi billete de lotería premiado.» El zapatero comienza a llorar y dice que me devolverá el billete. Entra a su tienda y sale con el billete en la mano. El billete está roto. Busco en mi bolsillo y encuentro el otro pedazo, terminado en 11. Me voy caminando por una calle.

 

 

 

(Le cuento el sueño a Alida. Ella compra un número de lotería terminado en 11. Sale premiado con 600 nuevos francos.)

 

 

 

(1963)

 

 

 

28 de abril Así, como quien da cuerda de un viejo fonógrafo, cuántas veces, acodado en un mostrador, un vaso de vino o un café cargado ponen en funcionamiento la relojería de mi memoria y empieza la procesión de imágenes… imágenes de ciudades, de mujeres, de cuartos de hotel, de ferrocarriles, de libros, de puertos. Imágenes que se repiten, pero nunca iguales. Y yo, en medio de ellas, o más bien al margen, testigo más que actor de antiguas historias que apenas me conciernen. Por ellas me paseo como por un museo de figuras de cera y me reconozco con cierto estupor bajo disfraces banales: estudiante en Munich, bohemio en Madrid. ¿Qué hay de cierto en todo esto? ¿En qué medida mi imagen actual es el producto de la superposición de todas esas imágenes?

 

 

 

2 de octubre ¡Felices los tiempos aquellos -hace cincuenta o setenta años- en que un novelista podía contar ordenadamente una historia, con veracidad y estilo; en que un pintor podía copiar un paisaje o hacer un retrato con sensibilidad y talento; en que un músico podía inventar una melodía, llevarla al papel pautado y orquestada! ¿Qué cosa ha pasado ahora? En nuestro tiempo todo lo mentado carece de sentido. Vinieron hombres que se llamaron Joyce, Picasso, Bartók y todo cambió. ¿Cambió porque era necesario o cambió por azar? Lo que tomamos ahora como «la evolución natural del arte», ¿no será otra cosa que el capricho de un artista determinado? ¿No seremos las víctimas inocentes de algunas cuantas personalidades extravagantes?

 

 

 

(1964)

 

 

 

7 de junio Vivo desde hace quince meses a media cuadra del cementerio de Pere Lachaise y sólo hoy, domingo soleado y ventoso, se me ocurre recorrer los cincuenta metros que me separan de la entrada de la rue de la Réunion.

 

 

 

Deslumbrado. Un portero me entrega por un franco un planito y me señala con el dedo las tumbas de Balzac, Moliere, Chopin, Edith Piaf, etc. Al poco rato renuncio a buscar las sepulturas ilustres y prefiero perderme por los caminillos estrechos que bordean los mausoleos. Paz. Descubro a una vieja sentada en una tumba, tejiendo. Leo inscripciones: «Acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás.» Muchos retratos en las tumbas de mujeres que sonríen, sobre frases como «A mi querida mamá», «A mi cara esposa». Bustos de viejos mostachudos. Apellidos judíos por doquier. En la tumba de Édith Piaf, que encuentro al azar, no hay nadie. Un moscardón me pica en el cuello. El cielo se nubla y silban los árboles agitados por el viento. Senderos y tumbas. Me extravío. Me aburro entre tanto cadáver. Salgo al fin, tranquilo, pero con la saliva espesa, la boca llena de un sabor a muerto.

 

 

 

22 de julio Nuestros estados de ánimo son tan frágiles. Qué poco basta (que se nuble el cielo, que veamos pasar una mujer bonita o simplemente que encendamos un cigarrillo o permitamos aflorar un recuerdo) para pasar del desaliento al optimismo o viceversa. Toda la coloración de la vida cambia. Toda la mañana y gran parte de la tarde estuve mustio, meditabundo, hojeando mi novela, encontrando sólo defectos no sólo en ella sino en mi vida, diciéndome: «Empezó la decrepitud.» Incluso le escribí a mi hermano, comunicándole algunas reflexiones al respecto. Al atardecer me asomé a la ventana que da a la rue de Bagnolet y pensé algo, algo impreciso que ahora no podría recordar, pero cuando regresé a mi mesa de trabajo estaba contento, más seguro de mí mismo, diciéndome «no soy cualquier cosa», «tengo algún valor», «hago las cosas bien, pero con retraso». Ahora, mientras escribo esto, mi entusiasmo -palabra muy pomposa, algo menos que entusiasmo- continúa y afronto este anochecer y, por consiguiente, todos los que vendrán con confianza. Pero, ¿quién me garantiza que esto durará? El hecho de haber mirado mi cenicero y haber calculado en él más de treinta puchos, restos de una sola jornada aún inconclusa, me atemoriza un poco, comienza quizás a vulnerar mi serenidad. Alida en la calle, comprando la cena. Quizás cuando regrese me encuentre nuevamente abatido.

 

 

 

Agosto.. En el bosque salvaje del Chateau de Valeri, impresión sólo semejante a la que sentí hace quince años galopando en la plena puna sobre un potro serrano. Se desató la lluvia y sin motivo consciente comencé a correr por el bosque, sorteando truenos, troncos caídos, ramas, charcos y zanjas, sin rumbo. Al cuarto de hora me detuve atontado, empapado y perdido. Voz de mis compañeros que desde algún sitio me llamaban. Al correr, impresión de bestia acosada, del hombre perseguido por alguna horda mortal, del peligro de irrumpir en lo desconocido, semejante a la de galopar sin destino por la inmensa pampa tarmeña, a merced del caballo que saltaba sobre las matas de cactus y eludía las piedras.

 

 

 

(pág 284) Esta mañana en la peluquería, mientras el marica se ocupaba en encontrar las leyes que rigen mi peinado, me di cuenta de que ya no era joven. Ese espejo no podía mentir. Ojeras verdaderamente siniestras. Mi expresión me asustó. Los 35 años cumplidos hace poco estaban allí, innegables. Época de madurez. Y sin embargo, sin espejos, me siento aún inmaduro. Pienso que estoy justamente en la mitad de mi vida. Tal vez esto sea sólo una coartada de mi subconciencia, una defensa ante el sentimiento envolvente del fracaso ¿Cuándo escribiré un gran libro? Antes decía: a los 30 años. Ahora pienso que tal vez mi salvación esté en la década de los cuarenta. Si en ella no me realizo como escritor -al menos como eso, pues en los demás terrenos no tengo esperanzas-, creo sinceramente que me pegaré un tiro.

 

 

 

Noviembre.. ¿Por qué será que algunos prosistas franceses del siglo XIX tienen en su estilo algo de metálico, de incorruptible? D’ Aurevilly, Villiers de l’Isle-Adam, Constant, Flaubert, Baudelaire, etc. A su lado, la prosa de Proust o de Gide, por bella que sea, parece blanda. Tal vez se deba a la persistencia en los primeros y a la frecuencia de ciertas palabras «duras», de aristas fuertes, engastadas en frases cortas. Esta pérdida de dureza se nota también en la poesía, si pasamos de Baudelaire simplemente a Mallarmé o de Rimbaud a Apollinaire. Bien entendido, no se trata de una apreciación literaria ni de emitir juicios de valor. La calidad de «metálico o incorruptible» que noto en los autores del siglo XIX es una impresión puramente «sensorial», de la prosa considerada como materia fonética en bruto o como ordenación de signos gramaticales.

 

 

 

10 de diciembre En las dos hojas tipo tabloide de un boletín obrero americano he encontrado las siguientes siglas:

 

          OIRT, ANACH, CTH, IADSL, ALPRO, FESITRANH, CIOSL, CTM, FENAECI, FIET, AIT, SENTI, CUNICOOp, CEIC, BGTUC, ILGWU, TUC, OFF, AFSCME, AFSME, BIU, FECECITLIH, CC, CTC, CIES, IRCA, SAMF, ICTT, CTMRA, NAACP, FITE, aparte de las más familiares ONU, OEA Y OIT.

 

 

 

¿Cómo es posible, me pregunto, que empleando este lenguaje cifrado, la gente pueda llegar a entenderse? Cuando leo, por ejemplo, que «Siguiendo el programa de educación obrera del CTM, el ORIT, el OIDSL y el CIP, el secretario general del ICSL declaró que el CONARAL en su última reunión, con asistencia del delegado del CIOSL, había recomendado que en el próximo congreso del CFTC…», me siento profundamente desgraciado. ¿De qué hablan? ¿A quién se dirigen? El mundo se está convirtiendo así en una yuxtaposición de mundillos incomunicados frente a los cuales tenemos la impresión de ser «el eterno profano».

 

 

 

(1965)

 

 

 

Octubre Tendencia a no escribir en este diario sobre mis experiencias inmediatas, a relegar éstas (vacaciones en España, viaje a La Habana) a la zona de lo no escribible. Se diría que un tamiz se interpone entre mi espíritu y la realidad, la filtra y no deja apta para la escritura más que una materia enrarecida, despersonalizada y casi abstracta.

 

 

 

31 de diciembre Al café Les Finances entran dos parejas. La muchacha de una de ellas me llama de inmediato la atención. Acompaña a un joven esbelto y guapo. Cuando eligen la mesa, ella insiste en que el joven se siente a su lado.

 

          A partir de ese momento no hace otra cosa que dispensarle toda clase de atenciones. Hay un momento en que él saca un cigarrillo. Ella de inmediato le ofrece su colilla para que lo encienda, pero al mismo tiempo -dos servicios para un solo fin- le alcanza una caja de cerillas. Cuando destapan el vino, se apresura a servirle su copa. Aparte de esto, mientras conversan con la otra pareja, ella no hace otra cosa que escuchar lo que él responde, comentarlo, festejarlo, no sólo con palabras, sino con muecas, con caricias. Finalmente no puede contenerse, y le pasa el brazo por el cuello. Desde entonces queda adherida a él, no lo suelta. Le es necesario testimoniar que ese hombre le pertenece. Periódicamente le habla al oído y aprovecha de ello para besarlo en la mejilla. Otras veces, sin que nada lo deje prever, vuelve el rostro hacia él y frunce los labios. El joven, que no la ve, prevé tal vez alguna iniciativa y ladea ligeramente el rostro. La muchacha entonces avanza la boca y lo besa. Aparte de esto, la muchacha no observa nada, no sabe probablemente dónde está, de qué color son las paredes, quiénes son los mozos, ni ve al hombre pálido -yo- que, comiendo un chateaubriand, la observa. Esa chica no está en el café. Está «instalada» en su hombre. Física, moralmente no vive sino del cuerpo de su amigo, el menor gesto de él desencadena en ella multitud de reacciones, basta que él cambie de posición para que todo el cuerpo de la muchacha se oriente de acuerdo con ese cambio. A eso se llama, más que amor, enamoramiento. Está en la época en que uno mata o se suicida por pasión. Pasará.

 

 

 

(1967)

 

 

 

Mayo.. En estos dos meses se está resolviendo, lo sé profundamente, mi destino como escritor. Por un lado siento una especie de hastío, de agotamiento, de pereza, de decepción, por momentos de angustia ante el solo hecho de empezar a escribir algo. Por otro siento, presiento, en mí posibilidades que sobrepasan con largueza todo lo que he hecho hasta ahora, una especie de ímpetu, breve, es verdad, pero surcado de imágenes, de asociaciones, de fragmentos que me llevarían al acto de escribir instantáneamente, si dispusiera del tiempo, de la holgura para seguir adelante. En realidad, como me he dado cuenta desde hace meses, lo que necesito es sintonizar ese flujo verbal que vive soterradamente en mí, pero que constantemente se pierde o es interferido por ondas parásitas. Se trata de una voz, de un tono fundamental, que es el que dará a todo lo mío su coloración definitiva. Ese tono se acerca un poco a lo subjetivo, lo arbitrario, lo personal, algo dentro de la música de «Los eucaliptos», «Páginas de un diario», «Por las azoteas», algunos otros relatos escritos en primera persona (salvo los cuentos europeos). Quizás ésa sea mi verdadera voz. ¡Pero también hay otras! Es como si existiera en mí no uno sino varios escritores que pugnaran por expresarse, que quieren hacerlo todos al mismo tiempo, pero que no logran a la postre más que asomar un brazo, una pierna, la nariz o la oreja, alternativamente, en desorden, abigarrados y un poco grotescos. Por eso, actualmente, me mantengo un poco a la expectativa, sin querer tomar parte en esta lucha, con la esperanza de que algunos de estos homúnculos se sobrepongan, sacrificando a los demás, salvo que en la pelea todos perezcan y no me quede otro partido que el silencio.

 

 

 

Octubre.. Las relaciones entre calidad y cantidad son curiosas, especialmente en lo que respecta a la belleza. La impresión que nos producen muchas calles de París no viene de la belleza individual de sus elementos sino de la acumulación de éstos en una perspectiva grandiosa. Tomada como unidad, cada casa de la rue de Rivoli es fea o cada edificio del bulevar Magenta. Pero lo que ya resulta imponente es ver dos kilómetros de esas construcciones alineadas, a perte de vue. La misma idea pero invertida: nada es más gracioso, agradable y hasta conmovedor como ver a un niño dar sus primeros pasos. Pero en la creche que hay frente a mi casa vi ayer algo que me heló: por una extraña coincidencia, quince o veinte niños, de los que acaban de aprender a caminar, aparecieron por la ancha terraza y empezaron a desplazarse en línea hacia un extremo, con su andar incierto, sus brazos que aspeaban, sus cabezas bamboleantes, gritando todos al mismo tiempo y era un espectáculo grotesco, enloquecedor, como si estuviera en presencia de una procesión de enanos locos, paralíticos o derrengados, escapados del gabinete de un fabricante de monstruos.

 

 

 

(¿?) Al caminar por el bulevar Saint-Michel me doy cuenta de que mi marcha determina no sólo la de las personas que vienen inmediatamente hacia mí -y que tienen que esquivarme sino la de aquellas que se encuentran a cinco o diez o cien cuadras más lejos. Basta que yo maniobre mi andar o me detenga ante un escaparate para que toda la circulación de peatones sufra de inmediato una modificación en apariencia ínfima pero cuyas repercusiones son literalmente infinitas. Un movimiento de aceleración o de retardo mío puede determinar que a cinco cuadras de distancia una persona pierda una luz verde, tenga que esperar el paso de los automóviles y por esta razón no se encuentre con una persona que buscaba con afán o lo atropelle un vehículo en la calle siguiente. Pero a su vez, mi marcha está determinada por la de las personas que cruzo o tropiezo y en realidad si yo en parte dirijo soy también dirigido. ¿Quién es en suma el que determina este complejo sistema de movimientos en una ciudad? ¿Aquel que madruga y fue el primero en poner los pies fuera de su casa? ¿Aquel que ayer se cayó en plena calzada y modificó por ello mismo o para siempre el tráfico de la ciudad? ¿O el turista que llegó hace unos días a París y salió a pasearse por los Campos Elíseos? ¿O el fundador de una ciudad lejana que vino a la nuestra? ¿El primer hombre que llegó al país, al continente, al mundo?

 

 

 

(1968)

 

 

 

(pág 339) A las siete de la mañana camino por las calles desiertas de Cannes en busca de una tabaquería abierta. Para hacer tiempo entro en un bar y pido un café expreso. Sólo hay dos clientes en el mostrador, bastante lejos uno del otro, entre los cuales me sitúo. A los pocos segundos noto que entre ambos clientes hay cierta tensión, como si a mi llegada hubiera interrumpido un cambio de palabras. El que está a la izquierda, corpulento, ligeramente calvo, rostro interesante, beau garçon, en suma, bebe una cerveza. El de mi derecha, canoso, bien vestido, peinado escrupulosamente, toma café. Como las observaciones se hacen por grados sucesivos me doy cuenta de otros detalles: el de mi izquierda está sin zapatos -lo que en el verano canois es admisible aunque un poco esnob- y además bastante mareado. El de mi derecha tiene los dedos índice y medio de su diestra completamente manchados de nicotina, negros como la brea, y las uñas inmundas. Esta mano, que contrasta tanto con su tenue, revela que ha pasado toda la noche por bares y cafés, fumando sin interrupción. Me doy cuenta luego de que es muy pálido, palidez de trasnochador empecinado, tal vez de pederasta nocturno a la caza de borrachines macizos y extraviados. Sigo bebiendo mi café entre las miradas de ambos parroquianos, a quienes mi perfil interpuesto los incomoda y tienen que avanzar el busto sobre el mostrador para localizarse. Al fin el vejete canoso paga su cuenta sin mirar al de la izquierda pero dirigiéndose ostensiblemente a él, dice mientras gana la puerta del bar: «le m’ excuse de vous avoir importuné, mais je crois que c’ est toujours intéressant d’ échanger des points de vue. D’ ailleurs, je suis tres content d’ avoir fait votre connaissance et, en surplus, je doit reconnaitre que vos opinions m’ont été tres instructives.» De inmediato reconozco el estilo del Barón de Charlus, del hombre distinguido que se dirige en un lenguaje cuidado y literario a sus amigos de ocasión.

 

 

 

25 de julio Tarde en el jardincillo de la rue de la Procession, con mi hijo. Soleada, agradable, digna de haberse gozado, pero a mi ojo corrompido, a mi corrompida manía de mirar, interpretar, concluir, le debo más bien una penosa experiencia. ¿Qué sucede? ¿En este país? ¿En el mundo? Primero, los juguetes. Como se fabrican en serie, al final se confunden. Ya en Cannes había observado el mismo fenómeno, pero en menor escala. En «nuestra playa», había de pronto dos o tres niños que tenían un balde de plástico con un barquito en sobrerrelieve exacto al de nuestro hijo. Al final, no se sabía cuál era de cuál. Pero en fin, era pasable y con un poco de atención no cabía confusión alguna. Pero en este parquecillo -300 niños en 5.000 metros cuadrados- me bastó llegar y soltar al bebé en la poza de arena para darme cuenta de que todos los baldes, palas, rastrillos y pelotas eran iguales. Vi entonces el cortejo de mamás que recorrían el recinto enrejado recogiendo, examinando, rechazando o aceptando el juguete, de acuerdo además con normas ambiguas, arbitrarias, pues algunas aprovechaban la coyuntura para salir con un juguete mejor conservado y otras que, en la duda, por cortedad, preferían recoger el gastado. Mi conclusión inicial fue: comprarle a mi hijo juguetes personalizados, originales, de modo que no quepa el equívoco. Reflexión secundaria. Serían carísimos y además casi imposibles de conseguir, salvo que lo haga en otro país. Reflexión terciaria: si en París vive una mesocracia de tanto abolengo y rompue a la existencia colectiva en metros, restaurantes y paseos, la uniformidad debía ser total. Si todos los baldes, rastrillos y pelotas fueran absolutamente iguales, sin ningún adorno clandestino que los individualice, no habría ningún problema. Bastaría llegar, dejar sus juguetes y luego recogerlos, en forma genérica y cuantitativa: un balde, una pelota, etc., sin preocuparse si es el mismo balde o la misma pelota.

 

 

 

24 de agosto La soledad me descarría, me corrompe. El bohemio que hay en mí y que coexiste con este otro hombre en tantas cosas incorruptible, sale de bambalinas y ocupa la escena. Trasnochadas, bebederas sin medida, una desesperada búsqueda de aventuras, todo alternado con la escritura, es cierto, pero una escritura discontinua y de resultados aleatorios. En este sentido el matrimonio y la compañía de A. han sido para mí un seguro de vida. Mi actividad literaria se ha reducido desde entonces y en épocas se ha vuelto nula, pero mis inclinaciones al desorden han sido frenadas, mi autodestrucción contenida y mi frenética inmersión en el mundo, en la vida, recuperada hacia mi vida doméstica, hogareña y paradigmática. En todo mi tiempo de casado, nunca he dejado de venir directamente de la oficina a mi casa. Sólo una vez no vine a dormir, cuando me emborraché ferozmente con Alfredo Bryce y amanecí, no sé cómo, en casa de Américo Ferrari. Desde entonces he cometido pequeños excesos, pero siempre en compañía y con el beneplácito de mi mujer. Ahora que está lejos, he recuperado mi libertad de antaño, con todos sus riesgos. Pero ¿se tratará verdaderamente de libertad? Me imagino que es como la libertad de que hablan los viejos liberales, la de dejar a cada cual librado a su suerte, para que se muera de la forma que le convenga.

 

 

 

(pág 350). Los recuerdos voluntarios en las noches de insomnio, tan diferentes de los involuntarios de que habla Proust. Por un acto de voluntad podemos recobrar infinitos detalles de nuestro pasado. Ayer, mi memoria, como un faro, recorrió tenaz, fructuosamente los años en que íbamos a Agua Dulce en patota. He visto las ropas de baño que usábamos entonces, no sólo nosotros, sino los demás bañistas. Bellezas de la época, exactas, con toda su frescura. Los fortachones no fueron dejados de lado: el cojo Castro, el hombre de la toalla amarrada al cuello, el que llamábamos Errol Flynn y que tenía un doble. Los helados que comprábamos en la cuesta, el sabor de los helados, su precio. Todo, absolutamente todo «estaba allí»; sólo era necesario ir a buscarlo.

 

 

 

(1969)

 

 

 

París, 22 de julio de 1969 Relectura de mis «diarios íntimos» que hoy me llegaron de Lima. Diarios discontinuos que abarcan diez años: de 1950 a 1960, esto es, Lima, París, Madrid, Munich, París, Amberes, Berlín, Lima, Ayacucho, Lima. Los primeros de estos diarios, de 1950 a 1955, están ya irremisiblemente condenados y serán arrojados al fuego. Tal vez sólo guarde algunos extractos sobre cosas muy concretas. Perecerán como perecieron los que escribí de 1946 a 1949 y que contenían, según me enteré hoy, notas de lecturas y otras sandeces por el estilo. Lo que más me ha sorprendido en estos diarios es la cantidad de cosas que uno olvida (hay iniciales e incluso nombres que ahora no me dicen nada), la fugacidad de los sentimientos (desvelos y quejas por pasiones ya extinguidas) y la persistencia de los rasgos caracterológicos, de mis rasgos (desorden, improvisación, despilfarro, incapacidad de integración, etc.). Literariamente no tienen tal vez otro interés que el haber sido escritos por un escritor.

 

 

 

18 de octubre La agilidad del pensamiento. Hago un gesto torpe y golpeo un vaso de vino. En el momento, fracción de segundo en que tarda la copa en inclinarse sobre mis papeles, efectúo una serie de operaciones mentales que se sueldan por una solución reconfortante. Pensé: va a manchar la carta que tengo que despachar a Lima; observé la zona de la mesa en que el vino iba a caer, identificando instantáneamente todos los papeles; recordé que dicha carta ya la había despachado; anulé la cólera y la angustia que mi temor inicial había encargado y que ya había emprendido su viaje hacia mi conciencia; cogí el vaso a punto de caer, sin poder impedir que salpicara un poco; pensé lo que ahora escribo.

 

 

 

(¿?) Un problema que evidentemente me preocupa es el de mi propia identidad, el de reconocerme como el mismo en el tiempo. Yo no tengo conciencia de mi identidad y si en una época llevé un diario casi cotidiano creo que fue para salvar mi identidad de los avatares de una vida morosa, dispersa y vagabunda. Para ser más explícito, yo me niego a reconocer como mi persona al señor que llevaba mi nombre y que vivió un año en Amberes ocupado en asuntos de fotografía o al que años más tarde vivió en Berlín en una pensión siniestra. Me parece que eran otras personas, unos usurpadores de mi apariencia. Esta falta de identidad la he notado también en algunas otras personas, que sufren con el tiempo cambios tan notables que dan la impresión de haber prestado su cuerpo a diferentes usuarios. Sin duda que se trata de un problema de orden casi patológico y que un psiquiatra sería capaz de explicar. En la práctica esta falta de conciencia de la propia identidad se traduce por la imposibilidad de tener opiniones duraderas y de hacer proyectos a largo plazo. Literariamente, por cierta versatilidad, facilidad, discontinuidad que, a la postre, me puede resultar fatal.

 

 

 

(1972)

 

 

 

(pág 378). Frases como «familia espiritual» me eran hasta hace poco sospechosas y no les había otorgado yo ninguna importancia. Pero a medida que vivo me doy cuenta de que tales filiaciones existen y que de pronto, sin el concurso de ningún intermediario cultural, racial o político, uno se encuentra pensando las mismas cosas que un hombre que vivió en un país lejano hace pocos o muchos años. Eso me ocurre con Kafka, con Svevo, con quienes no tengo ninguna relación, pues ellos son de origen semita y europeo y yo un epígono de viejas familias europeas emigradas a América mezcladas con autóctonos. Leyendo a Svevo he tenido la impresión de estar leyendo mi propia obra, no la que ahora escribo sino la que debí escribir si hubiera nacido en Trieste hace setenta años. Con Kafka, a pesar de las cosas superficiales que han dicho algunos críticos, y que versan sobre asuntos formales o ambientales, hay otro canal de contacto, que va mucho más lejos y que debe anotarse en el capítulo de una misma hermandad espiritual, esa hermandad de la que habla Proust y que no tiene nada que ver ni con la ideología ni con la biografía, una hermandad en suma que se integra en el orden de la sensibilidad, sin que para expresarse esta hermandad utilice los mismos símbolos. Kafka es mi hermano, siempre lo he sentido, pero el hermano esquimal, con el cual me comunico a través de señas y ademanes, pero entendiéndonos. Así como me comunico con Flaubert, odiándolo como si lo conociera y discutiendo a muerte con él, y con Rabelais, a quien con toda razón no podría soportar.

 

 

 

21 de marzo En vano espío por la ventana, en este primer día de primavera, la eclosión de las primeras hojas en los árboles de Place Falguiere. El frío de los últimos días ha retrasado el proceso. Pero no será por mucho tiempo pues bajo las ramas secas la savia bulle y al primer descuido brotarán los sarmientos. Machado ya expresó en dos versos simples y famosos el carácter intempestivo de este fenómeno. Sé que una mañana correré el visilla y veré, recién nacido, el verdor incipiente. Pero al igual que en el parque de la Clínica de Forcilles, siento que la estación no me toca ni me penetra. Entre mi conciencia y la realidad ha surgido una pantalla que me aleja de los objetos, los petrifica y los enfría. Y esta pantalla no puede ser otra que mi cuerpo enfermo, convaleciente, sometido a un régimen que ha alterado sus costumbres y sus hábitos, al punto que podría hablar de muda o de castración psicológica. Privado de cigarrillo, de alcohol, de condimentos, vivo en una especie de letargia, que me impide un contacto intenso y lúcido con el mundo. Esos estimulantes eran mi manera de insertarme en él. Su carencia me aparta de la vida o más bien me da de ésta una imagen que yo no reconozco.

 

 

 

Pág 388.. La novela de los personajes charlatanes, ¿cuándo la escribiré? Decir todo lo que he pensado y que no pude decir. La verdadera palabra del mudo. Encontrar mis portavoces, sin que lo parezcan. Distanciarlos. Ponerles a cada cual una de mis cien máscaras y dejarlos vivir en libertad.

 

 

 

16 de octubre Miles de hojas en blanco esperan desde hace meses en los cajones de mi escritorio Regencia ese resplandor, ese golpe de azar, ese desgarramiento, no sé cómo llamarlo, ese impulso espiritual, que me permita comenzar el libro largo que anhelo escribir y del cual no sé aún nada, en el mundo de brumas, de esterilidad y de cansancio en el que vivo desde comienzos de año, libro que probablemente nunca escribiré. Como le decía ayer a Bryce, escribir es como tejer; es necesario saber en qué «punto» se hará la obra: una vez elegido el punto, la obra sale sola. No sé si en latín o en qué otra lengua que ignoro se utiliza el mismo verbo para el acto de escribir y de tejer. Pero aparte del punto, como me di cuenta luego, es necesario conocer de antemano el molde: saber si uno quiere tejer un calcetín o una bata. Todo esto es más complejo de lo que uno cree. Y como no tengo ni el punto ni el molde, las hojas, mis tantas hojas inmaculadas, se van llenando de fragmentos como éste, que se yuxtaponen para formar lo inorgánico, lo discontinuo, la negación de lo que quiero hacer, en suma, el testimonio de la no obra, de la sequedad y la pequeñez.

 

 

 

(1974)

 

 

 

París, 7 de enero de 1974 Uno de los hechos capitales de mi reciente viaje a Lima fue mi reencuentro con C., luego de doce o trece años de separación. Ello confirmó mi vieja teoría, formulada en este mismo diario, de que nuestro pasado no es una adquisición segura, de que está amenazado constantemente por el presente. Y podría decir que este reencuentro ha ensombrecido, mutilado o degradado lo que mejor conservaba de nuestras horas en común. Yo que me lamentaba en 1958 -lo sé pues ahora recopio mi diario de esa época- de no ver a C. entre el público cuando di mi conferencia en la ANEA, distinguí en 1973, mientras hablaba en el INE, un rostro conocido en el auditorio: tardé unos segundos en reconocer que era C. ¿Qué hacía allí? ¿No estaba en Estados Unidos con su marido y sus hijos? Su presencia no me turbó ni mucho menos y proseguí mi conferencia con ese aplomo que no sé de dónde me sale cuando una multitud me escucha. Al término de la conferencia, C. se acercó a mí, pero no dijo una sola palabra y permaneció como extraviada o sonámbula cuando la besé en las mejillas saludándola. Al día siguiente me llamó por teléfono y salimos a almorzar, a La Pizzeria, como en los viejos tiempos. Allí me enteré de que había enviudado hacía cuatro meses y hacía apenas unos días que estaba en Lima con sus tres hijos. La vi ajada, envejecida, gastada. No sólo los rasgos de su fisonomía sino los de su carácter se habían acentuado, no en el mejor de los sentidos. Conversamos libremente, recordamos tantas cosas, nos reprochamos amistosamente tantas defecciones recíprocas. Yo pensaba entretanto en el encarnizamiento que pone el tiempo en destruir nuestras ilusiones: esa señora que estaba a mi lado fue la hermosa muchacha a la que tanto quise y por la que tanto sufrí, que me procuró tanto placer como dolor, y que marcó profundamente mi existencia. Yo encontraba largo el almuerzo y casi temía que después de él me propusiera un paseo en su automóvil, con el peligro de dar un resbalón y caer en el terreno del sentimentalismo recalentado.

 

 

 

Días más tarde volvimos a vernos en un almuerzo que me dio Jorge Benavides en su casa de Los Cóndores. Llegué tarde pues por coincidencia me había invitado también a almorzar el general Velasco. Estaban los viejos amigos de París, pero tampoco en ese marco más apropiado surgió nada. Me trajo en su auto a Lima, asistimos a un cóctel que me dio Gustavo Valcárcel y luego fuimos a cenar a La Pizzeria. Más tarde vagamos en su auto por las calles de Miraflores, para comprobar cómo la ciudad al igual que nuestras vidas había sufrido las leyes del deterioro. Noche extraña, más bien decepcionante, en la cual dos espectros se reivindicaron de un antiguo desfallecimiento que los había marcado, más por terquedad que por verdadero deseo. En suma: experiencia fatal. No regresar, bajo pena del peor de los castigos, ni a la mujer que quisimos en nuestra juventud ni a la ciudad donde fuimos felices.

 

 

 

12 de enero

 

 

 

Estos sábados interminables, cuando me quedo solo en casa con Julito y mientras él juega en el corredor, poblando su soledad con cientos de personajes que hablan y actúan, yo pongo un disco en el aparato y papeleo, es decir, vivo entre mis papeles, para inventar un verbo. Releo mis diarios viejos, ordeno cartas, hojeo uno que otro manuscrito, apunto una frase, busco un párrafo en un libro, arreglo maquinalmente una hilera de mi biblioteca o me extiendo en el diván a pensar en nada, hasta que al fin, sí, cuando atardece, escucho en mí, como tantas otras veces, el llamado de la ciudad.

 

 

 

Lo escucho y lo obedezco. Y como no puedo dejar a mi hijo solo, lo arrastro en mi correría. Caminata sin destino hasta que recalo en una taberna donde mientras él dibuja en un papelito yo bebo con delicia mi primer gigondas.

 

 

 

Nyon (Suiza), 12 de febrero Arco iris sobre el lago Leman. Sensación de bienestar, pero de fatiga, después de un baño caliente. Mi hijo y sus soldados sobre la alfombra del cuarto del hotel. Pueblecito más bien tristón, donde no sé qué hemos venido a hacer. Un escritor cuarentón y un niño de siete años, perdidos en una estación balnearia, decrépita, en pleno invierno y en Suiza.

 

 

 

París, 5 de marzo En las temporadas de verdadero trabajo creativo, como la que ahora atravieso, llego a un estado de completa desencarnación y todo lo que me rodea me es absolutamente indiferente. Mis relaciones con las personas y las cosas se vuelven difusas, fantasmales. Deambulo en un espacio de niebla, inconsistente. Respondo maquinalmente a lo que se me dice, como sin saber lo que como, el mundo se convierte en una acumulación de objetos privados de toda realidad, los problemas que habitualmente me atormentan, como las deudas, la salud, pierden toda vigencia, hay como una ruptura o más bien una transferencia de mi persona de un universo a otro, un universo que probablemente no existe, pero que mi imaginación ha construido, y en el cual me instalo, solamente atento a sus exigencias, dejando para el otro sólo la presencia de mis reflejos. En este sentido la actividad creadora tiene analogía con las experiencias de la embriaguez o la droga.

 

 

 

23 de marzo Lectura de Henry James, a quien conocía poco. Hablando con Lucho Loayza en Ginebra de este autor, en especial de su cuento «El dibujo en el tapiz», nos preguntábamos si al igual que el personaje de este relato, Henry James tenía un secreto, es decir, un hallazgo en su manera de escribir que lo distinguía de los demás escritores. Según Loayza, que conoce toda la obra de James, este secreto era «el punto de vista». En gran parte es cierto. Ahora que leo Washington Square me doy cuenta de que el narrador, aparentemente omnisciente y que emplea a menudo el «yo», penetra en el mundo interior de casi todos sus personajes y lo analiza con una extremada sutileza, pero en el caso de varios de ellos -o de uno, como en el libro que leo- escamotea todo análisis y lo presenta como «visto» por los demás. Nosotros sabemos perfectamente lo que piensa y siente y quiere cada uno de sus personajes, salvo Morris Townsend, el pretendiente, del cual sólo nos da lo que los demás personajes saben de él. Gracias a este recurso crea un clima de misterio, de suspenso, de tensión, por momentos de angustia que le da a la novela -aparte de otras cualidades- su encanto y su interés. Qué lejos estamos entonces de un Balzac o un Flaubert, que sabían todo de sus creaciones y al no dejarle al lector ninguna posibilidad de completar los silencios los vuelve completamente pasivos.

 

 

 

13 de abril Desde hace una semana o diez días vivo con Alfredo Bryce, alojado en casa después de su ruptura con Maggie y del viaje de Alida a Egipto. Dos escritores en una misma casa podría ser nefasto, pero Alfredo es tan comedido, ordenado, discreto que prácticamente puedo seguir llevando mi vida de solitario, sin sentir casi su presencia.

 

 

 

Abril (pág. siguiente).. cuando observo mis fotografías de escritor en las solapas de mis libros o en entrevistas y pienso que quien las mira no soy yo sino alguien que nunca me ha visto y que sólo me conocerá por esas imágenes me doy cuenta de lo poco que transmiten, de su insignificancia y su traición, pobre figura tensa, ectoplasma deliberadamente insípido, fijación de lo móvil, negación de lo cambiante, trozo de hielo con el que se pretende representar la corriente impetuosa de un río.

 

 

 

21 de junio El alcohol produce en nuestros sentidos una vibración que nos permite distorsionar nuestra percepción de la realidad y descifrar sus mensajes. Aquello que debía ser percibido como una totalidad llega a nosotros descompuesto y podemos así tomar nota de sus elementos y establecer entre ellos un nuevo orden de prioridades. Al beber cambiamos sencillamente de lente y recibimos del mundo una imagen que tiene en todo caso la ventaja de ser distinta a la natural. En este sentido la embriaguez es un método de conocimiento. La embriaguez moderada, es decir, aquella que nos aleja de nosotros mismos sin despedirnos, no la borrachera, en la cual se rompe todo contacto entre nuestra conciencia y nuestro comportamiento.

 

 

 

1 de julio Revisando mis viejos cartapacios, encuentro por lo menos cuatro o cinco novelas comenzadas o comienzos de novelas. ¿Qué tara contenían que las condenaba a la esterilidad? La más avanzada es la de Atusparia, que llega a las setenta páginas; luego la de Lima, que alcanza otro tanto. Pero también hay una ayacuchana que se interrumpe a las veinte, otra parisina -Do lente amoris- que no pasa de las quince, todas esbozos, impulsos narrativos que se apagaron a mayor o menor término. No creo que sea la ausencia de plan lo que me ha impedido continuarlas, pues tanto Crónica como Geniecillos fueron escritas sin plan alguno. Ha sido quizás la falta de ese espacio interior en el que debían haberse expandido, ese vacío aspirante del que carecí porque otras ideas, otros proyectos y otras preocupaciones llenaron de escombros o de escollos el terreno donde debía efectuarse la edificación. El terreno está aún ocupado y si quiero escribir una nueva novela debo empezar por limpiarlo. Lo que significa publicar lo inédito, concluir lo digno de ser concluido, arrojar lo incorregible. Pero esta tarea exige ya una rigurosa disciplina, un sentido de las prioridades y una confianza en el tiempo de los que carezco.

 

 

 

Porto Ercole, 22 de julio Lo desagradable de las enfermedades -y de allí que nos vuelvan intratables, egoístas- es que nos desconectan del mundo para condenarnos a la sintonía permanente de nuestro organismo. Todo nuestro interés está volcado en él, que se convierte así en el único objeto digno de interés, con exclusión de todos los demás. Estamos al acecho de sus ruidos, ronquidos, secreciones, sobresaltos, pulsaciones, mutaciones, evaluando sin descanso lo que significa una mejoría o un empeoramiento. La salud, en cambio, es el olvido de nuestro cuerpo, que deja de ser un escollo para convertirse más bien en un pasaje transparente a través del cual nos comunicamos con el mundo y con los demás. La salud hace de nuestros cuerpos una abstracción, mientras que la enfermedad lo carga de un peso imposible, que nos obliga a sobrellevarlo como un paquete inmundo por donde quiera que vayamos.

 

 

 

26 de diciembre Nuevamente establezco la analogía entre el juego y el acto de escribir y siempre partiendo de la observación de mi hijo. Ambas actividades son exploraciones de la propia personalidad y en este sentido viaje, diversión, sorpresa y descubrimiento. En las tantas horas que pasamos juntos en casa me doy cuenta de que el estado de ánimo que lo conduce a sus juguetes es similar al que me sienta frente a mi máquina: insatisfacción, aburrimiento, deseo de ceder la palabra al otro o los otros que hay en nosotros mismos, asumir nuestras personalidades ovulares o rechazadas y darles momentáneamente vida, al fin de cuentas desdoblarnos o multiplicarnos en el espejo de nuestra fantasía. Efecto sedativo de ambas actividades: olvido de sí mismo, pérdida de la noción del tiempo y, a su término, retorno plácido y fatigado a nuestra realidad.

 

 

 

(1975)

 

 

 

6 de enero Soy algo relativamente precioso y frágil, quiero decir un objeto que ha sido duro y costoso fabricar -estudios, viajes, lecturas, trabajos, enfermedades- y por ello lamentaría que este objeto no tenga la posibilidad de dar todo su rendimiento. Hacer una adquisición y luego tirarla por la borda es insensato. Yo me siento cada vez menos mío y más propiedad de los otros, de quienes me han hecho con su protección, su afecto, su tolerancia e, incluso, su desdén. Es por ellos por lo que quiero vivir y crear, así aparentemente no escriba sino para mí, pues estoy convencido de que si hay finalmente un beneficiario no seré yo, para quien sólo la tumba es cierta, sino los aún inexistentes y seguramente pocos pero leales lectores del mañana.

 

 

 

12 de marzo Hay nociones que nuestra inteligencia no ha podido hasta ahora explicar, ni siquiera concebir, por más que durante siglos se haya aplicado a ello. Una es el infinito, pero pienso sobre todo en el tiempo. Toda tentativa por comprender este fenómeno o definirlo tropieza con tal dificultad que nuestra razón desfallece y sólo tiene que recurrir a la metáfora o la relación analógica para representárselo: el río, el camino, el continente de nuestro ser. A tal punto que he escuchado decir a un célebre filósofo que como el tiempo no es un objeto tampoco es un problema, a lo más un misterio. Con lo que no se resuelve nada. Quizás una de las maneras de abordar el tema sería considerarlo como el receptáculo del acontecer, la suma de los sucesos, y definirlo así no por lo que es sino por lo que contiene. Pero ello tampoco es satisfactorio. En todo caso lo que nosotros podemos concebir es un espacio sin tiempo, pero no un tiempo sin espacio. El tiempo necesita de las cosas para existir. En un universo absolutamente vacío el tiempo no existe. El tiempo es así una cualidad del ser. Pero que no puede separarse de él. El tiempo no puede aislarse ni almacenarse, ni en un calendario, ni en una clepsidra. No podemos ahorrarlo para utilizarlo luego. El tiempo desaparece conforme se usa. Hacia atrás no hay absolutamente nada: nada separa al día de ayer de la batalla de Lepanto, están unidos por su propia inexistencia. En este sentido el único tiempo posible es el futuro, pues lo que llamamos presente no es sino una permanente desaparición. Pero el futuro mismo no sabemos en qué consiste, es una mera posibilidad. Sabemos que está allí, que está siendo, pero ¿dónde?, ¿cómo? Sólo podría decir que es la caída de nuestro ser.

 

 

 

5 de abril Un departamento frente al mar -entre el cuartel San Martín y la quebrada de Armendáriz-, una habitación recóndita con libros, discos y grabados; un sillón de cuero para descansar o dormir; un salón grande donde quepan mis amigos cercanos; y los medios para estarse en casa, sin otra tarea que pensar, conversar, escribir, fantasear. A eso se reducen todas mis aspiraciones en 1975.

 

 

 

28 de abril Reuniendo datos para mi conferencia en Utrecht sobre novela peruana leo una «Trayectoria cronológica» de Ciro Alegría de unas cincuenta páginas. ¡Qué depresión me ha causado esta lectura! Yo sabía que la vida de Ciro nunca fue fácil, pero ver acumularse año tras año enfermedades, deudas, prisiones, hijos, divorcios, decepciones, es verdaderamente agobiador. Muy sensibilizado como estoy para lo que sea enfermedades y dolor físico, siento en carne propia sus dolencias, desde que muchas de ellas las he conocido: vómitos de bilis, dolores de cabeza, hemorragias, operación del estómago. Y aparte de eso sufrió de tuberculosis y bronquitis permanente. Una verdadera vida de paria, a pesar de que al final fue diputado, pero qué importa eso, ya estaba físicamente liquidado y espiritualmente también, por haberse tenido que «rajar» toda la vida en trabajos alimentarios y generalmente mal pagados, escribiendo articulejos, libros de encargo, dando conferencias, haciendo traducciones, etc., lotería de todo escritor de país subdesarrollado. Destino trágico, en realidad, que me obligará a revisar mi opinión sobre él, pues es injusto en este caso separar la vida de la obra.

 

          ¿Cuántas veces lo vi? No creo que más de cuatro o cinco. En casa de Carlos Zavaleta en 1960, en casa de la Beba Macedo de Montoya creo que el mismo año, en un paseo que hicimos con Zavaleta a Punta Negra en el verano de 1959, en Berlín en 1964 durante un congreso de escritores, en París en 1965 cuando lo invité a cenar a mi casita de la rue de la Réunion. Creo que eso es todo.

 

 

 

 

 

8 de mayo Cuando le pregunté a Cortázar, una noche que vino a cenar a casa, qué le parecía El recurso del método de Carpentier, me dijo que no le gustaba y añadió por todo comentario: «dice cosas que todos sabemos». Al leer meses más tarde la novela de Carpentier me di cuenta de que se trataba justamente de lo contrario: que en cada página decía cantidades de cosas que yo no sabía, que era una mina de informaciones históricas, culturales, etc. Pero, reflexionando mejor, convine en que Cortázar tenía razón, pues lo que había querido decir era en realidad que Carpentier decía «cosas que todos podríamos saber» sin tener necesidad de recurrir a su novela, de encontrarlas exclusivamente allí, pues eran informaciones sacadas de otros libros. En una palabra, el juicio de Cortázar era exacto, pues la novela de Carpentier nos transmite una suma de conocimientos no personales, no una experiencia personal de la realidad, aquello de intransferible y de único, que es lo que da valor a un libro.

 

 

 

12 de mayo Mis Prosas apátridas, viéndolo bien, no son la obra de un moralista, en la medida en que ellas no proponen una conducta. Un moralista, a pesar de su escepticismo, busca señalar ciertas reglas de vida y mal que bien indicar el camino que debe seguirse para lograr la salvación. En mis prosas hay pocos o ningún consejo. Todo se circunscribe al ámbito de la verificación personal, sin lección ulterior. Y éste quizás sea su defecto. Pues, de cada una de las prosas, podría tal vez haber tirado una moraleja. Aunque tal vez éstas se encuentren implícitas y yo esté pecando por abundancia. En todo caso yo hubiera querido formular algunas máximas, algo que le pudiera servir a alguien, que se pudiera citar e invocar en momentos de desamparo y encontrarse en ellas la fuerza para no dejarse vencer. Pero, ¿cuáles son esas máximas? Quizá diez, no más. Uno de estos días formularé mi decálogo.

 

 

 

20 de junio Sólo ahora que mi hijo partía a un paseo con sus compañeros de colegio, un viaje de un día pero sin nuestra compañía, al verlo tan deseoso ya de irse, con su cantimplora y sus provisiones, preguntando la hora, mirando por la ventana si algún condiscípulo ya estaba en camino, sólo ahora comprendo cómo mi madre debió sufrir cuando me vio partir en 1952 para Europa, en viaje sin fecha de regreso, casi sin medios ni proyectos, sólo por el deseo de partir, de conocer, de aventurarme, viaje que duró casi seis años y que luego de un interludio se volvió a repetir más tarde, diría yo definitivamente. Los hijos sólo comprenden, cuando a su vez tienen hijos, todo lo que le han costado a sus padres en tiempo, esfuerzo, preocupación, vigilias, cuidados, servicios, privaciones, sacrificios. Cada vez más pronto despliegan sus pequeñas alas y empiezan a volar, movidos por alguna ley de la especie que los fuerza a ser ingratos y a olvidar durante largo tiempo, porque les es necesario andar solos por el mundo, hasta que a su vez, ya saciados o decepcionados o instalados y con hijos, son olvidados, dejados de lado por éstos y la historia se repite y es de nunca acabar.

 

 

 

Capri, 6 de julio A las pocas horas de llegar a Capri y luego de caminar hasta el belvedere para observar los farallones y el mar siento al fin el cansancio del viaje. Hace veinticuatro horas que salí de París. Para reconfortarme bebo un grand cru Cháteau Martinet 1971 que mi primo me ha ofrecido para celebrar mi llegada y escucho los conciertos para flauta de Albinoni, mientras contemplo por encima del cerco de la casa el poniente y las casitas de Marina Piccola. y en filigrana, el recuerdo de Capri, hace diez años, cuando vine por primera vez a esta isla y era tan vigoroso, tan Joven.

 

 

 

«Apres-midi» Mi primo J. es un apasionado melómano, tiene un gusto muy fino para la decoración, su sentido de la moda es infalible y posee el don de los negocios, pero no lee nunca, de modo que en su casa no hay un solo libro. Por primera vez me encuentro así en una casa donde no hay ni un embrión de biblioteca y como los libros que traje ya los terminé me encuentro desamparado, desequilibrado, sin saber qué hacer con esas horas huecas que forman el grueso de las vacaciones. ¡Qué falta me hacen esos interlocutores perfectos que son los libros, que uno escucha y abandona a su gusto, sin que se enteren ni protesten, si bien hay algunos ruidosos -como decía Macedonio Fernández de Victor Hugo- «que siguen hablando cuando el lector ya se ha ido»!

 

 

 

Capri, 13 de julio Mediodía en la playa de los farallones. Apenas una ensenada rocosa de aguas inmaculadas, donde caben unas doscientas personas, pero uno de los lugares más bellos y probablemente más caros de Europa. Como en tantas playas del mundo hay que pagar aquí la entrada, la sombrilla, la sillona, el colchón, pero aparte de ello hay que llegar a esta playa, lo que representa una enorme inversión en esfuerzo y dinero. Primero el viaje a Italia, luego el traslado a la isla en aliscafo, después el inclemente descenso hasta el fondo del abismo. Sólo veranean en los farallones los italianos muy ricos, que tienen casa en Capri o que alquilan una residencia por todo el verano o que deciden instalarse en los carísimos hoteles del lugar. Me cuenta mi primo que años atrás hubo un momento de auge económico en Italia que favoreció a las clases medias y Capri se vio sumergido por el turismo de masa, lo que rompió el equilibrio de la isla y amenazó su prestancia. Bastó duplicar o triplicar los precios para que entraran en juego las implacables leyes de la economía. La burguesía napolitana tuvo que renunciar a su temporada caprense y limitarse a una que otra excursión dominical. Los farallones se han convertido así en una playa casi familiar, donde viene siempre la misma gente, la que puede. Nuestros vecinos son los Olivetti (máquinas de escribir), los Brionvega (aparatos eléctricos), un director de Alfa-Romeo (automóviles), otro de Lauro (transportes marítimos), aparte de uno que otro anónimo y pudiente turista alemán o norteamericano. Nosotros sólo tenemos acceso a este lugar gracias a mi primo, que hace años vive en Capri y conoce a todo el mundo. Debemos pasar por afortunados latinoamericanos. ¡Si supieran!

 

 

 

1.º de agosto Ayer fue un día particularmente nefasto, uno de aquellos días negros sobre los cuales ya escribí hace algún tiempo una prosa apátrida. Todos los objetos se habían confabulado contra mí y mis relaciones con la realidad fueron catastróficas. Empecé por sufrir una invasión de moscas enormes, velludas, que enloquecidas por el calor ocuparon mi casa. Como era imposible espantarlas, tuve que correr a una tienda y comprar el más poderoso insecticida, con el cual les di implacablemente muerte luego de un combate homérico. Luego saqué una botella de leche de la refrigeradora y se me cayó al suelo haciéndose trizas, con la particularidad además de que la leche estaba cortada y quedó todo el piso de la cocina cubierto de vidrios y de nauseabundos cuajos. Tuve que sacrificar cuatro secadores para recoger esa inmundicia. Luego decido preparar en la batidora un cóctel inédito, con vodka, agua mineral, menta y hielo y no sé por qué razón el aparato estalla e inunda toda la pieza de una melaza verde. Pero aquí no termina la serie: un frasco de ají amarillo -precioso, enviado de Lima- que intento colocar en una repisa se me escapa y ahora son nuevamente vidrios y una pasta picante lo que se extiende hasta por las ventanas y paredes. En ese momento no pude evitar el ponerme de rodillas y dar de gritos de indignación y en mi arrebato di un puñetazo a un armario hinchándome la mano. A estos incidentes se añaden muchísimos más, que sólo enumero en forma incompleta: mi gato vomita dos veces en la alfombra, el lavatorio del baño se atora, los visillos del cuarto de mi hijo se caen (misteriosa razón) y me cuesta un trabajo infinito volverlos a poner, finalmente los invitados que esperaba a cenar no vienen, sin dar ninguna excusa, y me dejan delante de fuentes de comida, laboriosa y caramente preparada, comida que apenas pruebo y que hoy tendré que echar a la basura.

 

 

 

12 de agosto Desde hace muchos días desánimo para escribir. Paso mis horas libres idiotamente, mirando por el balcón, leyendo un periódico, encendiendo la tele, durmiendo, hojeando un libro ya conocido. Por lo menos media docena de cuentos comenzados esperan el impulso final, lo mismo que varios artículos para diarios. Falta de ganas, de estímulos internos y externos. Mi imaginación sin embargo trabaja, pero no con la suficiente energía como para sentir la necesidad de darle forma a lo pensado. Me refiero en especial a la novela policial y a la del viaje al cosmos, dos cosas completamente diferentes, pero que dentro de mí maduran. Aparte de ello, atenazado por dos concepciones opuestas del estilo, que fluyen en mí de una doble vertiente: el estilo torrencial y enjoyado, de frases muy largas y cargadas de hechos y referencias, y el estilo directo, simplísimo, el no estilo, que he vuelto a admirar en Stendhal, de quien estuve releyendo por partes Lucien Leuwen.

 

 

 

18 de agosto Quién, Dios mío, quién comprenderá que cada palabra que he escrito he tenido que pensarla laboriosamente y la he puesto sin dejarme vencer casi nunca por la facilidad. Cuántas horas de una vida, a cuya seducción he sido tan sensible, he tenido que sacrificar por alinear una palabra tras otra, sin ninguna esperanza de recompensa ni de éxito, atento sólo al veredicto de mi propia conciencia, sin otro premio tal vez que la satisfacción de haber obrado bien. Así, escribir bien es un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden.

 

 

 

30 de agosto (pág. 467) (10 de la noche) Faltan apenas dos horas para el 31 de agosto, día en que cumpliré cuarenta y seis años. He puesto en el fuego a cocinarse unos tallarines, lo único que encontré después de husmear por la cocina. Magra cena conmemorativa. y solitaria además, como me ha ocurrido otras veces y como me gusta además. Y me encuentro muy tranquilo a pesar de las malas noticias, de las deudas, enfermedades y otros problemas. Como pensaba ahora en el balcón, no estoy realmente apegado a nada, todo pueden quitarme y a todo puedo renunciar, salvo a tres cosas: mi hijo, mi mujer y mis papeles. El resto lo regalo, aunque no sea mucho: libros, discos, ropa, unos cuantos muebles, cuadros de amigos. Es sobre todo mi pequeña familia lo que me preocupa y tiemblo ante la sola idea de que puedan sufrir.

 

 

 

7 de setiembre En una playa solitaria de la costa peruana, una casa de adobe. El piso de ladrillo o de grandes piedras planas, los muros interiores pintados con cal. Una gran pieza -sala, comedor, escritorio- y dos o tres dormitorios. Pocos muebles. Lámparas de gasolina, cocina y refrigeradora de gas. Por todo paisaje el mar y el arenal. Vida retirada, consagrada a la natación, a la pesca, a la lectura, al descanso. Una bicicleta para ir al pueblo más cercano. De vez en cuando la visita de un amigo. Escribir si me da la gana. No tener que afeitarse, ni ponerse zapatos, ni corbata. Proyecto que regresa a mí, cada vez con mayor insistencia y mayor precisión.

 

 

 

25 de setiembre Ese sentimiento optimista de un lado pero nostálgico y tristón de otro que me produce la frecuentación de ciertos amigos mucho más jóvenes que yo, en los cuales me veo a mí mismo como era hace veinte años, sanos, ávidos, llenos de ilusiones y de proyectos, que alquilan su primer estudio, viven con su primera querida, están escribiendo su primer libro y para quienes la vida es una pendiente que van jubilosamente escalando sin saber que la cresta está allí no más, más cerca de lo que suponen, y que pasada ella sólo los aguarda la degringolade.

 

 

 

2 de octubre Corroboro ahora por azar, al ver inesperadamente mi imagen en un espejo, el deterioro de mi salud en los últimos días, de lo cual algo sabía por mi fatiga, mis noches infames, mi desánimo. Pero me faltaba la ratificación gráfica, la única que verdaderamente nos impresiona en esta época de cultura visual. Es cierto que no me habían faltado espejos antes, pero siempre me acerqué a ellos preparado, sabiendo más o menos lo que iba a ver e interiormente dispuesto para recoger el aspecto más favorable. Pero ahora, al encender bruscamente la luz del baño con la intención de buscar un remedio, me encontré con un rostro amarillo, escuálido, agobiado, surcado por arrugas no de vejez sino de sufrimiento, que me impresionó porque me di cuenta de que es el verdadero, el que los otros ven y que yo me negaba a reconocer como el mío. Ese rostro no miente y expresa todo lo que padezco y todo lo que me espera. La extinción lenta y, por ahora, sin dolor. Pues reconozco que este mal tiene al menos la delicadeza de irnos quitando suavemente la vida, cada día unos gramos menos de peso, un deseo menos de comer, un poco más de náuseas o de cansancio, un rasgo ligeramente acentuado hacia el dominio de la amargura, una dificultad para tal esfuerzo o tal alegría. En el fondo me congratulo de haber visto esta imagen pues ella me sitúa en la realidad y me recuerda lo que sé pero que constantemente olvido: que mis días están contados, pero no como los de cualquier humano, para quien esta certeza carece de plazo, sino como la del animal de lidia que acaba de entrar al ruedo y sabe que poco le falta para salir arrastrado.

 

 

 

1.º de diciembre Días sin escribir una línea, leyendo más bien revistas literarias, ensayos, documentos históricos, actas de coloquios de diversa índole, entre ellos los dos volúmenes del dedicado por el Colectivo Change a los temas Lenguaje, Revolución, Locura, Historia, Relato. Esta última lectura me ha dejado asombrado por un lado y afligido por otro. Asombrado del saber de los ponentes, afligido por la esterilidad de este saber. Es posible que de todo este despliegue de sutileza, de información, de brillo salga algo alguna vez, pero más vale un soneto de Baudelaire o un párrafo del Bataille que citan tanto que las mil páginas de exposiciones y discusiones durante la década del coloquio. Estos especialistas que tanto saben en particular sobre el lenguaje (pues a pesar de venir de diversos horizontes están impregnados de Jakobson, Benveniste, Chomsky, semiótica, transformacionismo) confunden a menudo el lenguaje discursivo con el creativo. Algunos piensan estar creando cuando sólo están discurriendo. Y hay ponentes que sólo se expresan a través de clichés de moda ¡y barajan un vocabulario actualísimo!, pero con tanta persistencia y aparente propiedad que su esfuerzo resulta al final cómico.

 

 

 

(1976)

 

 

 

18 de abril Escuchando en la TV la misa de Resurrección de este domingo pascual. Transmitida para toda Europa desde una abadía belga. Bellísimos coros y cantos latinos entre los que reconocí y seguí íntegramente, sin haber olvidado una sílaba, el Pater Omnipotentem que cantaba hace cuarenta años en el colegio. Espectáculo impresionante que desafía por su boato y perfección de puesta en escena cualquier obra dramática. Me reconforta esto de la trasnochada de ayer, en casa de Miguel Rojas Mix, convaleciente apenas de gripe. Cenamos allí con Bryce, pero nos quedamos hasta las cuatro de la mañana. Estupendo hombre Rojas Mix, magnífica biblioteca y sobre todo documentación iconográfica. Conversación enriquecedora para mí, pues sabe horrores de cosas. Nos leyó el plan de su próximo libro, una América imaginaria, es decir cómo nos han visto los europeos a través de crónicas de viaje, leyendas, mitos, dibujos, obras literarias, etc. Plan extremadamente vasto, como le dije, y en el cual caben en realidad varios libros. Me prestó una rarísima novela chilena del siglo pasado sobre la Guerra del Pacífico, que probablemente no terminaré de leer, pues sus dos volúmenes hacen mil páginas y está pésimamente escrita. No tengo vocación de erudito. Sé que es un documento invalorable para conocer el marco histórico e ideológico de esa contienda, pero me fatiga leer lo que carece de valor literario.

 

 

 

18 de abril Experimento: coger un mapa del mundo y ponerlo de cabeza, tratando de convencernos de que el mundo es realmente así, es decir, que Chile, por ejemplo, se encuentra al norte del Perú o que España al norte de Francia. ¡Qué molestia y qué desasosiego produce esta inversión! ¡A qué se puede deber si, en realidad, en el mundo no hay ni norte ni sur ni oriente ni occidente y que el hecho de representarnos siempre el mundo en cierta postura es el fruto de una decisión convencional? Pero basta hacer esta experiencia para que algo en nuestro interior se tambalee, no sólo nuestra visión de la geografía sino hasta nuestra visión de la historia, lo que demuestra hasta qué punto estamos condicionados por ciertas representaciones, que han terminado por convertirse en nosotros de hecho cultural en natural.

 

 

 

17 de mayo Ayer se cumplieron tres años de mi segunda operación y traté de escribir unas líneas sobre eso, pero me fue imposible. Hay algo en mí que se resiste a evocar esos días atroces, que trata de borrarlos de mi memoria, como si temiera que su recuerdo reviva en mí nítidamente el sufrimiento. Paso por alto mi mes en el hospital, cuando estaba ligado por cuatro sondas a la vida. Pero no puedo dejar de registrar ahora la terrible impresión que me produjo, cuando vine a casa, la confrontación con mi espejo habitual del baño. Vi en el vidrio mi propio cadáver, el resto inservible de mi naturaleza. Un ser esquelético, exhausto, con pellejos colgantes donde había antes pectorales, bíceps, nalgas y pantorrillas, algo apenas reconocible -ojos enormes y negrísimos, nariz afilada, mejillas hundidas, labios descoloridos-, algo con lo que era imposible seguir viviendo. Lloré de indignación y de impotencia y de miedo, pues estaba seguro de que todo eso habría que botarlo pronto de la vida y me abandoné durante unos días, en los que continuaba sin poder dormir ni comer ni caminar. Pero lenta, paciente, esforzadamente me fui recuperando, cuando ya nadie lo esperaba -ni mi madre que un día, harta de verme quejar, me dijo crudamente: «Bueno y qué, si te tienes que morir acéptalo»- y así primero comí un día un puré de papas, otro día caminé diez metros, otro pude dormir tres horas seguidas, y estas marcas fueron aumentando, hasta que al mes y medio pude ir a comprar el pan a la tienda de la esquina y quince días después fui a una librería del Barrio Latino y luego fumé un cigarrillo y más tarde bebí un vaso de vino. A fines de agosto, para mi cumpleaños, me di cuenta de que nada podía ser como antes, pero que estaba salvado. Ni el cáncer ni la cirugía habían podido contra mi tenaz naturaleza y dos meses más tarde estaba viajando a Lima y dejando a todos asombrados con mi inesperada vitalidad.

 

 

 

22 de mayo Anoche hasta las dos de la mañana leyendo las Obras ascéticas de Quevedo. Rescato estos punzantes y barroquísimos párrafos sobre su tema preferido:

 

 

 

¡Oh miseria humana, no sólo fugitiva, sino instantánea e envidiosa de algún momento de reposo y consuelo; que si llegas, te vas; que si pasas, no vuelves; que antes de venir, molestas; venida huyes, y pasada no tornas! Vivimos tiempo, sin poder decir cuál antes que se pase, sin poder decir cuánto antes que se acabe. En un propio instante se vive y se muere. Ninguno puede vivir sin morir, porque todos vivimos muriendo.

 

 

 

Mi infancia murió irrevocablemente; murió mi niñez, murió mi juventud, murió mi mocedad; ya también falleció mi edad varonil. Pues, ¿cómo llamo vida una vejez que es sepulcro, donde yo propio soy entierro de cinco difuntos que he vivido? ¿Por qué, pues, desearé vivir sepultura de mi propia muerte y no desearé acabar de ser entierro de mi propia vida?

 

Del vivo al muerto no va otra diferencia sino que el vivo está muriendo cada día y la postrera ahora. El que muere no tiene más que morir; y el que vive tiene que morir más. Luego si la muerte es temerosa por muerte, más la debe temer el que la padece para padecerla, que el que la padece para acabarla de padecer. Todo lo hacemos al revés: tememos la muerte y queremos más muerte; deseamos que no se llegue y queremos que no se acabe. Toda nuestra ansia es vivir la muerte y todo nuestro miedo es que acabe nuestra muerte de morir.

 

 

 

¿Cómo no reconocer allí a Séneca, Luciano, Montaigne, Manrique, Vallejo?

 

 

 

6 de julio El otro día que llevé a mi hijo a las Tullerías y que regresamos a pie casi hasta la casa, cruzando el Sena, el Barrio Latino, caleteando en tiendas, librerías y cafés, me di cuenta de hasta qué punto llevo una vida insensata, sin ningún contacto con la ciudad, confinado en mi barrio en demolición, sin ver otra cosa que la minúscula Place Falguiere. ¡Y esto dura ya tres años! Al comienzo era explicable, pues convalecía de dos operaciones y no tenía ni fuerzas ni ánimo para salir a vagabundear. A ello se añadieron luego mis dificultades económicas, pues por modesta que sea una salida siempre implica gastos imprevistos. Estas dos razones se mantienen en parte y explican mi enclaustramiento. Pero la tercera razón es la más poderosa: que el trabajo de Alida la obligue a salir todos los días, sin excepción, de modo que tengo que quedarme en casa como guarda de mi hijo. Así que prácticamente nunca voy al cine, al teatro, a la ópera, a una exposición, donde un amigo, a un café. París no existe para mí. Es sólo el camino que hago a pie diariamente en las mañanas de la casa a la oficina y viceversa. Luego la casa, de donde salgo en cortas expediciones para comprar un periódico, bebidas, alimentos. Nada más. Y esto no tiene solución.

 

 

 

17 de julio La ventaja de frecuentar a colegas -escritores, en mi caso- es que nos incitan al trabajo, por sugestión, por emulación. En estos días que he visto dos veces a José Donoso he sentido el vivo deseo de continuar escribiendo, de esforzarme por concluir o tratar de concluir lo comenzado. El caso de Donoso es en particular estimulante porque se trata de un escritor que tiene fe en lo que hace y en la literatura en general, una pasión contagiosa. Hemos proyectado una excursión sentimental a Rouen, tras las huellas de Flaubert.

 

 

 

20 de julio conciencia nuevamente hoy de lo imbricado de mis problemas y de la dificultad de encontrarles una solución. Me pregunto si la reflexión aclara o más bien complica las cosas. A fuerza de pensar logré aislar al menos dos interrogantes graves: ¿Los deberes para con uno mismo deben primar sobre los deberes para con los demás? ¿Qué me conviene a mí en última instancia en tanto que escritor? Todo está relacionado naturalmente con la situación política en el Perú, que desde hace días me tiene en un estado de angustia e indecisión. Que se ha consumado un viraje a la derecha no cabe ya la menor duda. Volvemos al gobierno militar de tipo tradicional. En estas condiciones continuar desempeñando un cargo oficial me parece indigno. Lo honesto sería renunciar. Con esto aplacaría mis problemas de conciencia, sería fiel a mis convicciones y añadiría un blasón a mi biografía. Todo eso me parece perfecto, sí, ¿pero los deberes para con mi familia? Por salvaguardar mi dignidad, ¿debo exponer a mi mujer y a mi hijo a una vida incierta, errante y seguramente mendicante? ¿Qué debe prevalecer en este caso: mi honor o la seguridad de los míos? Segundo interrogante: si admito que mi preocupación principal es proseguir mi labor literaria, ¿dejar mi cargo no significa comprometerla aún más de lo que está? La Unesco, mal que bien, me deja el tiempo libre para escribir o tratar de escribir en las tardes. Si no he aprovechado mejor este tiempo es por otras razones (salud, crisis artística, etc.), pero la sola posibilidad de saber que dispongo de ese tiempo me reconforta. Dejar mi cargo sería embarcarse en la aventura de sobrevivir, lo que ocuparía todo mi tiempo en trabajos alimentarios y adiós literatura. Claro que todo esto no es tan simple. Puedo también suponer que el hecho de cambiar de situación, por difícil que sea la nueva, modifique las bases de mi actividad literaria, en un sentido positivo. Pero, ¿quién lo puede garantizar?

 

 

 

23 de agosto Dentro de tres días regresan mi mujer y mi hijo de Capri y termina así mi mes de soledad, sin pena ni gloria. Esta vez no he hecho nada que me reconforte, literariamente hablando, si exceptuamos una que otra prosa apátrida y mis largas entrevistas con Herman con miras al libro sobre su viaje. En otro terreno, sí tuve experiencias de tipo humano, afectivo, que dejarán su marca y, de una u otra manera, me han enriquecido. Algo de cine, es cierto, y de lecturas sólo Quevedo, en quien cada vez encuentro más cosas similares a las que pienso y siento y tan bien dichas además que me eximirán de escribirlas.

 

 

 

2 de noviembre Anoche desperté soñando con Eça de Queiroz y me desvelé durante una hora recordando sus novelas. Creo que las recordé todas, a pesar de haberlas leído entre los quince y los dieciocho años. Recordé detalles curiosos: por ejemplo, que dos de ellas, La reliquia y La ilustre casa de Ramires, contienen a su vez otras novelas, escritas por el protagonista de las principales. Recordé las semejanzas que había entre muchas de sus obras y las de Flaubert, a quien tanto admiraba. Recordé sus excelentes crónicas periodísticas, principalmente las de París y de Londres y las cartas de Fradique Mendes. Y sus cuentos, muchos de ellos para mí inolvidables, como «Urna repariga loura», «o tesouro», y «o defunto», que mi padre nos leyó alguna vez. Y también sus vidas de santos, lo menos bueno de él a pesar de ser lo último. Esto me confirmó en el carácter indeleble de las lecturas de la adolescencia y la influencia que dejan en nosotros. Tendría ahora que releer su obra para verificar si posee la calidad que guarda en mi memoria. En todo caso sigue siendo para mí un gran novelista injustamente olvidado. Creo que nunca he visto en Francia citado su nombre o alguna de sus obras en ninguna revista o artículo literario, ni tampoco he visto traducciones de sus libros al francés. Tentación de escribir sobre él un breve ensayo reivindicatorio.

 

 

 

14 de noviembre Escritor discreto, tímido, laborioso, honesto, ejemplar, marginal, intimista, pulcro, lúcido: he allí algunos de los calificativos que me ha dado la crítica. Nadie me ha llamado nunca gran escritor. Porque seguramente no soy un gran escritor.

 

 

 

22 de noviembre Anoche, idos los otros invitados -Alfredo Bryce, J. E. Adoum, Hugo Neira, Rojas Mix- conversación literaria hasta las cinco de la mañana con Carlos Calderón. ¡Cosas que no hacía desde tanto tiempo atrás! Amanecí hecho una piltrafa y a duras penas pude llegar a la oficina. Carlos podrá escribir relatos magníficos y puedo yo haberlo ayudado en algo. No literariamente, pero en lo que llamamos, a falta de otro nombre, el plano humano. Mientras escribo esto escucho en la TV que André Malraux está moribundo. Mao, Calder, Man Ray, Jean Gabin, meses antes Max Ernst, dentro de algunas horas Malraux, toda una época se hunde, el siglo se va. Y con él tal vez el marxismo, el surrealismo, el vitalismo, el intelectualismo (Gabin un bon vivant, Malraux el intelectual francés ejemplar), mundo en el que nos hemos bañado y que de una u otra forma ha orientado nuestra vida. Todos muertos viejos, además, entre los setenta y ochenta y tantos años. ¡Cuántos pedestales quedan vacíos! y cómo se precipitan hacia ellos los candidatos.

 

 

 

25 de noviembre La desolación cotidiana de sentarse frente a la máquina de escribir. Sin ganas de hacer nada. De esto hace ya semanas. Todo me parece estúpido, banal, trillado, sin interés, perecedero. Deseo de hacer otra cosa que lo previsto, de abandonar la ruta para tomar el atajo. Así me conduzca al páramo.

 

 

 

Diciembre.. Hoy mientras asistía a la inauguración de la Asamblea Ordinaria del Comité Oceanográfico Internacional, en la Unesco, tomé viva conciencia de que estaba completamente ausente del lugar y desinteresado del asunto. Como lo estoy casi siempre en cualquier lugar que me encuentre. En general estoy donde no está mi cuerpo, pero tampoco completamente fuera, digamos con un pie en el plato y otro a su costado. Es como una especie de desfase o de décollage entre mis actos y mi pensamiento. En mí hay una resistencia a asumir completamente la realidad o a responsabilizarme por mi conducta. Prefiero desde el comienzo y por principio establecer una distancia.

 

 

 

26 de diciembre Hace un año o más, todas las tardes que vengo de comprar el periódico, veo a la señora que le da de comer a los gatos del terreno baldío, a través de la palizada. Al fin hoy me detengo y le dirijo la palabra. «¿Hay muchos gatos, señora?» «Tres: el negro que está allí, ¿lo ve?, el gris y otro gris con una mancha en la pata.» «¿Y todos los días viene?» «Todos los días. Pero no sólo aquí. Allí doblando la esquina hay otro terreno cercado por la maleza; también allí hay tres gatos, negros los tres.» Abriendo su bolsa me muestra las provisiones: una botella de leche y una olla con carne mezclada con arroz. «La carne la compro en una carnicería que queda en la Plaza Saint -Charles. Hay que tomar el ómnibus 62, bajarse en la calle Saint-Charles y caminar hasta la plaza. Todo allí es más barato. Compro tripas, hígado, riñoncitos y carne molida. Todo más barato.» «Los gatos ya la conocen.» «Seguramente. ¡Pero cómo los voy a dejar así! Ya bastante tienen con no tener casa, vivir así en el frío, en la humedad.» «¿Tiene usted familia?» «Claro. Tres hijos y siete nietos. ¿Por qué me pregunta eso?»

 

 

 

(1977)

 

 

 

24 de enero. Ayer terminé mi cuento «El marqués y los gavilanes» y con ello doy por concluido el tercer volumen de La palabra del mudo. Quedan a la mitad o por corregir muchos otros cuentos que ya creo que nunca dejaré expeditos porque no me gustan, porque contienen una tara que me impide acabarlos, por tantas otras razones. Entre ellos «La conmemoración», «Cuando no sea más que sombra», «Te cuento la peli», «Las laceraciones de Pierluca», etc. ¡Para qué hablar! El cuento que terminé ayer no me satisface por completo, al menos no tanto como «Silvio en El Rosedal», pero creo que está bien. Al recopiarlo tendré tal vez que hacer algunos reajustes y correcciones. El personaje de don Diego terminó por inspirarme conmiseración y de personaje ridículo se convierte en trágico y en muchos aspectos ejemplar. Ésos son los misterios, los imprevistos de la creación literaria, cuando el proyecto inicial se ve modificado desde el papel por un ser inventado que cobra vida propia y nos impone su propio destino. Aparte de esto, terminé de leer el manuscrito de la nueva novela de Alfredo Bryce Tantas veces Pedro. La encuentro sensacionalmente divertida y si llegara a reescribir algunas partes y reequilibrar el conjunto podría ser una obra maestra. Confirmo que es el más grande narrador humorístico peruano y al respecto no existe en nuestra literatura términos de comparación. Las partes segunda y tercera son impecables, pero el comienzo es flojo, lo mismo que el final. De todos modos el balance es positivo. Claro que mi lectura está un poco viciada porque lo conozco muy bien y conozco a los personajes femeninos de su novela. No sé cómo reaccionará un lector X. Sobre este libro podría decir muchas cosas, pues me atañe muy directamente, en la medida que es una obra que muchas veces planeé y que hasta comencé a escribir -la historia de mis amores con algunas mujeres- pero que abandoné porque no encontré el tono ni pude desprenderme del lastre sentimentaloide y autobiográfico. Alfredo logra, a pesar de ciertos detalles narcisísticos y de autocomplacencia, separar al personaje del autor. Ya volveré sobre esto.

 

 

 

15 de febrero El alcoholismo, ¿simple coincidencia en los tres dramaturgos que encarnaron hacia el año sesenta el teatro del absurdo: Beckett, Ionesco, Adamov? De su gusto por el trago no me queda duda. Beckett conversando en el café Cluny con una muchacha y tomándose uno tras otro whiskies dobles puros. Ionesco, la última vez que lo vi, pasaba o más bien flotaba por el bulevar de Montparnasse llevando en una mano una botella de gin Gordon y en la otra un cartón de gaseosas. Adamov en el mostrador del Mabillon o del Old Navy absorbiendo enormes copas de vino tinto.

 

 

 

15 de marzo En una fracción de segundo presiento el peligro: el camión que se acerca aceleradamente no podrá pasar entre los autos estacionados a un lado de la pista y la camioneta con la puerta abierta detenida en el lado opuesto. Doy instintivamente un paso atrás justo cuando el camión pasa como un celaje arrancando la puerta de la camioneta. Ésta sale despedida como un proyectil cortante y pasa a medio metro de mí. El camión sigue su marcha sin detenerse. El propietario de la camioneta, que debe haber entrado a una casa, no se da cuenta de nada. Los accidentes se producen así, con una vertiginosa rapidez. Pero nuestros reflejos son a veces más rápidos aún.

 

 

 

22 de marzo Leyendo el diario de Léautaud -no los 19 tomos, sino un buen resumen en 1.000 páginas publicado posteriormenteme doy cuenta del carácter estéril, irritante de este tipo de obras, refugio de escritores fascinados por su propia persona y que no pudieron nunca emanciparse de la autocontemplación para acceder a la esfera verdaderamente creativa y superior de la impersonalidad. Esto no quiere decir que diarios de este tipo no tengan páginas admirables, pero la verdadera obra debe partir del olvido o la destrucción (transformación) de la propia persona del escritor. El gran escritor no es el que reseña verídica, detallada y penetrantemente su existir, sino el que se convierte en el filtro, en la trama, a través de la cual pasa la realidad y se transfigura.

 

 

 

7 de abril Alida y Julito en Túnez, hace unos quince días. Vacaciones pascuales, en busca de un poco de sol y de exotismo. Yo en casa, solo, como tantas otras veces. Salí una vez al cine y otra a cenar en casa de Bryce con Arturo Azuela. Luego encerrado, leyendo, escribiendo. Terminé las memorias de Casanova, avancé en el diario de Léautaud, fabriqué un artículo de periódico, leí cantidades de diarios y revistas, incomprensibles artículos sobre astronomía, biología, etc. Me cortaron el gas por falta de pago y tuve que pasar dos días sin calefacción, sin quitarme el abrigo y sin poder cocinar, comiendo sánguches. Rechacé invitaciones para cenar, para ir al café, al cine, sólo por no tener que afeitarme. Decididamente me voy convirtiendo en el personaje de uno de mis cuentos.

 

 

 

10 de abril Cómo puedo decirlo: la cara de incredulidad, de embelesamiento, de pasmosa sorpresa, de desconcierto total que pone la estudiante gorda y ya mayor a quien me decido a recibir para hablarle un poco de Crónica de San Gabriel, sobre la que prepara una tesis. Probablemente nunca ha estado tete a tete con un escritor y la situación -el hecho de que quien le habla es el mismo que ha escrito la novela que admira- le parece irreal, tiene que hacer un esfuerzo para darse cuenta de que sí, que el autor está frente a ella y que le está contando sólo a ella cómo, cuándo, por qué escribió ese libro. No se atreve a preguntar nada, tal vez ni siquiera entiende lo que le digo; yo mismo me siento incómodo, pues me doy cuenta de que no sé a qué nivel y con qué palabras tengo que hablarle, ahora que no importa quién hace en La Sorbona una tesis de doctorado. Cuando termino de hablar queda muda, sus labios se mueven pero de ellos no sale ninguna voz. Al fin me pide que le apunte en un papel algunos nombres propios que he pronunciado. Cuando me da la mano para despedirse siento que en esa mano me entrega todo su ser, su lealtad, su reconocimiento. ¿Qué habría pasado, me pregunto, si la hubiera recibido un escritor realmente célebre? Claro que éstos no tienen tiempo ni ganas de conceder estas audiencias. No me estoy burlando, en verdad. Poco le di y mucho se llevó. No me refiero a las ideas sino al instante. Ésos son en realidad mis lectores, debo tenerlo presente.

 

 

 

16 de abril Anoche conversación literaria con Carlos Calderón que se prolongó hasta las tres de la mañana. Carlos es actualmente la única persona con quien tengo este tipo de conversaciones, quizás porque me contagia su pasión literaria. Con él además me siento en confianza y puedo hablarle crudamente de mis proyectos, logros y fracasos. Hablamos más que nada de su libro inédito de cuentos Pelea de fondo, que me había dejado a leer. Le di mi opinión cuento por cuento, sin reparos. En general, el libro es muy bueno, se nota una personalidad de escritor ya formada, una manera peculiar de contar las cosas, una mirada nueva, incisiva, poética sobre un sector muy específico de la sociedad peruana, una voluntad permanente de estructurar el relato en forma original. Todo ello unido a veces a incorrecciones, descuidos, cierta oscuridad no resuelta, defectos menores fáciles de enmendar. Infancia, adolescencia, familia, barrio, pequeña clase media, pequeños hechos reales pero vistos desde un ángulo que los impregna de una luz extraña, por momentos irreal, una literatura, como le dije, típicamente barranquina, así como algunos de mis relatos, los de Lucho Loayza o Mario constituyen una literatura miraflorina. Certeza de que está haciendo una obra valiosa, a la que sólo le faltan algunos ajustes y un coup de chance para ser conocida y apreciada.

 

 

 

17 de abril Dentro de unos meses se cumplirán diez años que vivimos en la Place Falguiere. Diez años es mucho en una vida. Me pregunto cómo he soportado este lugar tan feo, cómo he podido infligirle a mi familia, en particular a mi hijo, este barrio sin alma, este departamento minúsculo y cómo he podido además encontrar aquí alicientes para escribir y sobrevivir. No comprendo. Pienso en un departamento más espacioso en un barrio alegre y atractivo o en una casa con jardín en un malecón tranquilo. Pienso en ello y me digo que nunca, que jamás, vana quimera. Estoy físicamente liquidado e intelectualmente en declive para pensar que las cosas puedan cambiar. Esto es mi cima, estas tres piezas atestadas de libros, este balcón sobre una plaza inclemente, este edificio sin ascensor, este barrio de peones árabes, africanos y portugueses. Casa de Miraflores, con su jardín y sus frutales, su avenida arbolada, su mar cercano, sus potreros y sus huacas, sus vecinos amables y la banda de amigos. Para qué pensar en ella si ya ni siquiera existe, a no ser en mi memoria. Diez años; demasiado.

 

 

 

21 de abril Mientras hago tiempo en casa esperando la hora de ir al cine cojo por azar el diario de Anais Nin, que no pensaba leer hasta terminar con el de Léautaud y me embalo con la lectura, al punto que me olvido del cine y me devoro casi la mitad del primer volumen. Excelentes retratos y análisis de Miller y Artaud. Recuerdo de pronto que el escultor peruano Gonzalo More fue amigo de ella y en el segundo tomo de su diario encuentro referencias a él bajo el nombre de Rango y de su esposa Helba Huara bajo el nombre de Zara. Leí muchos párrafos al respecto. Quedé un poco desconcertado, a causa del interés que concede Anaïs a Gonzalo (tal vez fue su amante, no lo puedo saber aún), a quien yo conocí bastante por los años 1954 y 1955, cuando vivía en Montrouge. Gonzalo ya era entonces un hombre canoso, gastado, golpeado por la bohemia y las privaciones, sin la vitalidad y el entusiasmo con que lo pinta Anaïs por el año 1935. Esculpía poco y vivía, aparte de con su mujer, con una norteamericana más joven que él. ¿Será exacto el retrato de Anaïs? Lo dudo un poco, así como observo que se equivoca al decir que Helba Huara se había vuelto sorda. ¿Sorda? He conversado con ella muchas veces y la he visto incluso bailar en el teatro (es cierto que sin música). De todos modos tengo la impresión de que Anaïs se dejó un poco impresionar y casi embaucar por el cóté sudamericain de Gonzalo -ese personaje que muchos latinoamericanos se fabrican en París, artista, bohemio revolucionario, exótico, etc.-, lo que se trasluce en lo que cuenta de él. Se trasluce, digo, pues en filigrana se adivina el aspecto-farsa, retórica y pose del personaje, a pesar de los esfuerzos de Anaïs por darle envergadura y sinceridad. Que al mismo tiempo frecuentara a Miller y que a menudo compare la influencia del uno y el otro sobre ella me parece sospechoso en una mujer tan perspicaz.

 

 

 

17 de mayo Terminado el diario de Léautaud comienzo el de Jünger, que ya había leído en 1961, sólo para verificar algunas cosas que el primero dice sobre el segundo, pues ambos se frecuentaron durante la ocupación alemana. Experiencia curiosa cotejar diarios contemporáneos. Léautaud menciona muy especialmente una llamada telefónica de Jünger, que quería despedirse de él antes de abandonar París, a punto de ser liberada por los aliados. En el diario de Jünger, el día en que Léautaud anota esta llamada, no hay ninguna mención a ella. Para Léautaud esta llamada fue el hecho más importante de su jornada; para Jünger probablemente una llamada más entre las muchas que haría, hecho desdeñable que no merecía figurar en su diario.

 

 

 

Otra verificación más importante: Jünger menciona en su diario una conversación con Léautaud a propósito del estilo y cita textualmente la respuesta de éste al reproche que le hacían de escribir con la sequedad de un empleado: «Alors vivent les employés.» Léautaud menciona también su respuesta, años más tarde, es cierto, pero como hecha a Duhamel. ¿Quién dice la verdad? Pero lo más importante de la comparación de ambos diarios es la diferencia abismal que separaba a Léautaud de Jünger, al punto que me pregunto cómo podían conversar y simpatizar. Sólo hay un punto en común y quizás hasta dos. El primero es que Léautaud no tenía el menor rencor contra los alemanes -al punto que un día encontró inscrita en su casa con tiza la frase «Aquí vive un colaborador»- así como Jünger hizo una «guerra limpia» y sin odio contra Francia. El segundo, amor a los animales. Pero aparte de esto las diferencias son totales. Jünger es el prototipo del humanista germano, conocimiento de lenguas, curiosidad insaciable, pasión por la lectura, formación filosófica y tendencia a la abstracción, todo ello reforzado por un gusto por los viajes, la aventura y el riesgo (Legión Extranjera, dos guerras como soldado y oficial, etc.) y un esfuerzo tenaz por comprender su época y su mundo a través de la acción y la reflexión. A Léautaud no le interesaba nada, ni el arte, ni la lectura, ni la política, ni la sociedad, ni la ciencia, ni la filosofía, todo lo que no fuera su propia y pequeña vida de escritor pobre y segundón y los avatares del mundillo literario en el que vivía. Superioridad de Jünger.

 

 

 

19 de mayo Nuevamente Anaïs Nin, el tomo de su diario inmediatamente anterior a la Segunda Guerra. La irritante figura de Rango (Gonzalo More) me vuelve a dejar pensativo. ¿Uno vale por sus propias cualidades o por lo que ven en uno los demás? Gonzalo More era el típico, pintoresco revolucionario de bistrot latinoamericano, como los que ahora abundan en París. Romántico, teatral, obtuso, retórico, negligente, bohemio, borracho y haragán. El seudo artista estéril, bondadoso, es verdad, pero con la bondad un poco fácil del primitivo y del pobre. El mestizo subecuatorial que se inventa un país mítico y trata de sacar partido con las mujeres de su condición de desarraigado y de racialmente diferente, exótico. Se quejaba y lloraba por la suerte de la República española, pero no se le ocurrió nunca enrolarse en las Brigadas Internacionales, como lo hicieron tantos otros. Se lamentaba de su indigencia, pero era incapaz de subvenir a sus necesidades con un trabajo regular, ni siquiera cuando Anaïs le regaló una prensa manual. Pregonaba su cariño por su mujer, la bailarina Helba Huara, pero muy bien podía ésta esperarlo en el hospital para que le llevara su almuerzo, en un bar del camino se quedaba tomando tragos, el portaviandas sobre el mostrador. Todo no era sino palabras y buenas intenciones. Detalles odiosos: quema en el muelle del Sena los libros de Anaïs, porque según él la confinaban en el mundo del sueño y la alejaban de la revolución. Lo único que hizo fue vivir a expensas de Anaïs y cuando empezó la guerra, el furioso antifascista se refugió en Estados Unidos. Me doy cuenta de que soy duro con este compatriota, pero me irrita que Anaïs le dé tanta importancia en su diario, como si se tratara de un ser excepcional. Yo sólo recuerdo de él su corpulencia, su vitalidad, su bello tipo de zambo peruano, un poco viejo ya, pero viril y atractivo. Cuando lo conocí, en 1954, ya Anaïs lo había dejado, seguía viviendo con Helba Huara, pero era otra norteamericana la que completaba el triángulo, una manequin ya un poco marchita pero con medios para ayudarlos. En esa época estaba obcecado porque alguien le financiara una escultura de César Vallejo. Vivía en un pobre ranchito de Montrouge y preparaba unos excelentes frijoles.

 

 

 

28 de mayo Lectura del libro inédito de Hinostroza Aprendizaje de la limpieza. ¿Qué es esto? Ni novela ni relato, más bien el resumen de las numerosas sesiones donde sus analistas, en el curso de las cuales evoca su infancia y trata de identificar y liberarse de sus fantasmas. Me causó una fuerte impresión, mucho mejor que la del fragmento que leyó la otra noche en casa. Libro audaz, curioso, escrito con una fuerte carga oral y muy simplemente, lo que no excluye admirables efectos poéticos, a pesar de la inevitable parte escatológica. Uno termina por habituarse a su aparente aspecto caótico ya la reiteración a veces complaciente por lo anal, lo oral y otras referencias freudianas que implican la presencia constante de la caca, el culo, la pinga, los orines, etc. Libro terriblemente triste además pero despojado de todo sentimentalismo. En tanto que documento psicoanalítico su valor puede ser esencial; esto no me compete: lo dirán psiquiatras y analistas. Yo sólo aprecio su valor literario. Me hizo pensar en mi abandonada autobiografía, en la que al evocar mi infancia excluyo todo lo que Hinostroza menciona. ¿Por qué? No sólo creo que sea por pudor, sino porque a mí me interesa más describir mi entorno que mi propia persona y luego porque tengo la impresión de que en mi caso los conflictos freudianos madre-hijo, padre-hijo y otros complejos tan estudiados, no asumieron una forma dramática; al menos yo nunca lo he percibido así. Mis relaciones con mis padres fueron siempre más bien armoniosas. A pesar de mi rara memoria para los hechos de mi infancia, no recuerdo haber conocido pulsiones sexuales hacia mi madre ni asesinas hacia mi padre. Tampoco lo onírico desempeñó un papel vital en mi vida. Recuerdo muy pocos de mis sueños, alguna vez noté algunos. En todo caso no hago el menor esfuerzo por retener su mensaje. Siempre me ha aburrido leer descripciones de sueño.

 

 

 

Barcelona, 1º de junio de 1977 (5 p.m.) Esperando el avión para Almería en el bar del aeropuerto. ¡Qué lamentable comienzo de viaje! Llego a Barcelona a las 9 de la mañana, prometiéndome pasar el día visitando la ciudad, haciendo regulares escalas en cafés, bares y tascas, hasta la hora de embarcarme para Almería. Lo primero que leo en el periódico es: «Hoy empezó a las 6 de la mañana una huelga de bares, cafeterías, restaurantes y hostelería … » Toda la mañana la pasé andando por la ciudad, sin tener dónde sentarme un momento para pedir un café, un vino, un sánguche, lo que sea. Muerto de sed, de hambre y de fatiga. Al fin encontré un guarique donde me sirvieron un abominable expreso.

 

Esto no es todo. A mediodía tomo un taxi rumbo a la editorial Tusquets para cobrar unos derechos de autor, exiguos, es verdad, pero que me permitirían financiar mi paso por Barcelona y llevar incluso reservas a Carboneras. La persona encargada de la contabilidad examina la liquidación que la editorial me había enviado a París, saca de un cajón varios billetes de mil pesetas y cuando me los va a entregar se contiene. Situación digna de un relato de Nabokov. «Iba a cometer un error -me dice-. La cantidad que figura aquí está en rojo. Esa suma nos la debe usted a nosotros, no la editorial a usted.» En efecto. ¿Cómo no me había dado cuenta? Me presentaba como acreedor, cuando era en realidad deudor. Bochorno. Pedí excusas. Mi escala en Barcelona se volvía completamente estúpida. Para vengarme de esta decepción me hice conducir al restaurante de un gran hotel, lo único que estaba abierto, y pedí un gigantesco menú, que apenas pude probar. Luego en taxi al aeropuerto, rodando por sillones y mostradores hasta el atardecer, hora en que sale el avión para Almería.

 

 

 

Carboneras, 2 de junio (12 m.) Mi primer baño esta mañana, en mar impoluto y playa solitaria, seca, arenosa, playa casi peruana. Cada cual tiene su Edén, éste es mi Edén. Valía la pena el esfuerzo y los contratiempos para haber llegado hasta aquí. Ni un solo testigo de mi cuerpo que con todos los huesos, venas y tendones a la vista parece un plancha anatómica.

 

 

 

Hotel El Dorado, curiosa mezcla de modernidad y vetustez. Construido hace una quincena de años para albergar a los actores de un filme de aventuras, está la mayor parte del año semicerrado por lo cual muchas de sus instalaciones muestran a comienzo de temporada los estigmas del abandono. La piscina seca, surrealista, con sillas, mesas y mecedoras dentro. Bares y vestíbulos desiertos, polvorientos (grandes mamparas de vidrio rajado), recorridos por viento del Levante. Cuando llegué anoche, después de hacer 70 kilómetros en taxi desde Almería, no había nadie, ni empleados ni clientes. Recorrí íntegro el hotel, dando voces, entrando incluso hasta en los dormitorios, seguido sólo por un gato que maullaba. Al fin un muchacho apareció de no sé dónde, cargó mi escaso equipaje y me instaló en una habitación con baño y terraza sobre el mar. Luna llena, solar, que permite ver detalles del paisaje a kilómetros de distancia. Calma sobrenatural.

 

 

 

3 de junio (11 a.m.) A pie hasta el pueblo, a unos dos o tres kilómetros, para echar una carta. Típico pueblecito mediterráneo, como hay cientos aquí y en Sicilia, Túnez, Grecia, etc. Casitas blancas de un piso, con ventanas de rejas y puertas de madera, algunas lindamente talladas. Calles estrechas de tierra, muy limpias sin embargo, regadas por los habitantes. Pocos comercios, pobres y mal surtidos. ¿De qué vive esta gente, me pregunto? La pesca no es cuantiosa, no hay campiña (salvo higueras, almendros e incipientes parcelas de tomates y frijoles), tampoco una sola industria aparte del turismo que se implanta lentamente (Hotel El Dorado y unos pocos mesones, en los que todavía se ofrece a la manera antigua «comida y cama»). Misterio. Pero sensación de bienestar, de serenidad, de equilibrio. Al regresar al hotel me sigue por la carretera un perro pastor alemán sin collar, que salta a mi lado y me mordisquea juguetonamente las manos, las sandalias. A pesar de no hacerle caso no me deja un instante. Curioso: al sentir su respiración agitada y silbante, regresan a mí con una densidad de vida emocionante mis paseos de niño hacia el mar de Miraflores, precedido por mi perro lobo Rin Tin Tin, que saltaba y resollaba como este perro paria.

 

 

 

(pág 540) Anoche cené donde Emilio Rodríguez Larraín, que hace diez meses se ha instalado con toda su familia en una casona al pie de un cerro, huyendo del ajetreo de las grandes ciudades. Bella terraza de treinta metros de largo sobre el poniente. Enorme atelier y cantidades de alcobas. Eucaliptos y almendros. Mi viejo amigo Emilio y su adorable familia, que hace veinte años frecuento en tantas ciudades. Hace dos años dejó de beber luego de tratamiento psiquiátrico, pues estaba llegando al punto de no return. Ahora hace hermosas esculturas en madera y mármol y extraños cuadros que deja meses en el techo de su casa para que la naturaleza participe en su ejecución. Hablamos naturalmente de Miraflores, nuestra infancia y juventud, el colegio Champagnat, los malecones, el mar. Recordamos el París de los años 50, tantos amigos ahora dispersos, desaparecidos, hundidos o prósperos. ¡Qué fuerte personalidad y qué manera tan libre, aventurera de vivir! Siempre como un gitano, de un país a otro, de una ciudad a otra: Florencia, Milán, París, Roma, Llansá, Madrid, Aix, Carboneras, próximamente Barcelona. Siempre de paso, sin instalarse definitivamente, abandonando casas, muebles, cuadros por todo sitio, ¿en busca de qué?, ¿huyendo de qué?… Y su mujer y sus hijos que siguen adictos, admirativos.

 

 

 

pág 544 La obstinación del mar por deshacerse de algo lo atormenta. Casi una hora empujando hacia la orilla un objeto rojo, grande, aparentemente mesita o silla, caído tal vez de un barco. Cuando parecía que ya iba a encallar en la arena la resaca lo jalaba, lo mecía un momento, lo volvía a expulsar hacia la playa, nuevamente lo arponaba, una y otra vez, hasta producir angustia. Cambió el viento de dirección y el mar de corrientes y el objeto se alejó de la orilla hacia adentro hasta desaparecer. Sensación como de alguien que hubiera querido comunicar un mensaje y que terminó por callarse.

 

 

 

9 de junio Nuevamente esta noche, pero con Emilio y su familia, mirando las estrellas, tendidos en el techo de su casa. Estuvimos casi una hora, como hipnotizados o embriagados, sin hablar. ¿Cómo puede uno olvidarse de mirar el cielo, cuando es quizás el único contacto que nos queda con el infinito? Culpa de las ciudades que lo ocultan, lo velan, lo ensucian, lo opacan con sus propias luces. Esta vez no sólo sensación de caída, de haber sido absorbido por el ojo del universo, sino de estar mecido por un cántico. ¿Los poetas no hablan acaso de «la música de las esferas»?

 

 

 

24 de junio Esta tarde me entregué a ese acto culpable y vagamente vergonzante que es leer sus propias obras impresas. Releí una decena de cuentos de La palabra del mudo que no leía hacía cantidades de años. Sorpresa. Tengo que admitir, así parezca petulante, que me parecieron bien, quizás porque inconscientemente hice una buena selección. ¡Y algunos son viejos, tienen diez o quince años! Había olvidado muchos detalles de escritura, esos pequeños detalles que, en medio de la banalidad, refulgen y constituyen, en realidad, el secreto de mi estilo. Aparte de que en otros aprecié la sequedad, la síntesis, el poder de expresar más de lo aparente. En fin, sensación reconfortante, vanidosa y sin embargo, ¿por qué?, un poco melancólica.

 

 

 

2 de julio La estrechez de mi casa me obliga a tener todos mis papeles guardados, escondidos, extraviados, dispersos en cajas, cajones, armarios, roperos y no puedo así abarcar de una mirada lo que estoy haciendo, lo que podría hacer, lo que debería haber hecho, como ocurriría si tuviera una amplia pieza de trabajo y ese utópico mueble lleno de cajones que tantas veces he imaginado y en el cual todo esté espaciosamente distribuido y clasificado, de modo que pueda revisar lo que quiera en cualquier momento sin la menor vacilación. ¿Excusa para mi inactividad o mi falta de perseverancia? De ninguna manera. Pero obstáculo cotidiano que me pone en mala postura, pues me impide estar en contacto con lo que constituye mi mundo y me confina a la soledad de mi pequeña mesa donde no encuentro nada de lo que busco y me rodea todo lo que me estorba.

 

 

 

5 de julio El carácter coralino o polipopular de las lecturas. Veo en un Le Monde una reseña sobre Hermann Hesse. Esto me incita a buscar y releer un viejo ensayo de Curtius sobre este autor. La lectura del ensayo me mueve a releer Demián. La de esta novela a lanzarme sobre mi antiquísima edición de El lobo estepario. Comienzo a hacer el recuento de los libros de Hesse que tengo. Observo que me faltan muchos, entre ellos el principal, El juego de abalorios. Incursión por librerías para conseguirlos y ponerlos en mi mesa de noche, con la certidumbre de que en un momento dado se extinguirá mi interés por este autor y será suplantado por otro, de acuerdo con el mismo esquema.

 

 

 

5 de julio Extensible, lentísimo anochecer veraniego. Julito en viaje de vacaciones y Alida en sus asuntos, hace horas que espero llegar lo oscuro escuchando discos. Las diez y media de la noche y aún hay claridad en el cielo y tardan las estrellas en asomar en aire tan radiante. Ya ni sé lo que he escuchado, en todo caso Vivaldi, el concierto para flautín, segundo movimiento, que sigue siendo para mí una expresión cimera, como lo son ciertos nocturnos de Chopin, no por su calidad musical, sino porque están entrelazados con momentos dramáticos de mi vida: Chopin, vísperas de la muerte de papá; Vivaldi, durante mi convalecencia en Forcilles, el pabellón de los cancerosos. Y tarda la noche aún, Boeings plateados cruzan el cielo rumbo a Nueva York, El Cairo, Tokio, dejando su larga, nítida estela. Y yo aquí, en el cuarto ya penumbroso, estático, mudo, diciéndome cuánto tiempo perdido para otros goces, empresas, afanes, empleado simplemente en verme durar.

 

 

 

5 de julio Leyendo el tomo VII de La historia de la Marina peruana, dedicado a la guerra contra España, encuentro por primera vez una descripción física de mi tatarabuelo, Juan Antonio Ribeyro, que era por entonces ministro de Relaciones Exteriores y jefe del gabinete. Hasta entonces sólo había visto fotos o retratos. Es el comisario Salazar y Mazarredo, enviado de España al Perú, el que lo describe en un informe a la Corona española. Dice textualmente: «Hombre de unos 55 años, alto de cuerpo, de sangre algo mezclada y de mirar astuto.» Digamos que en la edad se equivoca pues en la fecha del informe, 1863, mi tatarabuelo tenía sólo 53 años. Pero como el error no es muy importante, cabe suponer que el resto del retrato es verosímil. Alto y de mirar astuto no me llama la atención. Eso de «sangre algo mezclada», sí. ¿Qué quería decir el enviado español con eso? Supongo que se refiere a algo de sangre mestiza, probablemente mulata. Los rasgos de Juan Antonio, a juzgar por su iconografía, son completamente occidentales, lo mismo que su tez. Es su cabello un poco rizado la huella de su origen negroide. Que le venía seguramente por parte de madre, una señora Estada, de quien no sé nada, pues su padre, don Melchor, de quien sólo tengo un retrato, era un español muy gallego que, según mi padre, tuvo al parecer una librería.

 

 

 

18 de julio Este ping-pong entre el bienestar y el malestar, entre el entusiasmo y el abandono, entre la vida y la muerte comienza a parecerme estúpido, subalterno. Una semana de excelente estado, trabajando en mis asuntos, sobre todo en el guión para Fénix y de pronto, sin motivo aparente, se me atraca una sopa en la boca, no puedo pasarla y me quedo sin almorzar, deprimido, inquieto, taconeando desesperadamente en el fondo del más sombrío presagio. ¿Quién puede aguantar este vaivén? Ese cuento de Gógol o de Andréiev, o tal vez otro autor ruso, en el cual prometen o mejor dicho amenazan con matar a alguien, pero sin decirle qué día o año. Pasa su vida en el peor de los infiernos. Lo mismo yo. En verdad, es el caso de todo el mundo, pero no se dan cuenta, no piensan en ello y además no tienen, como yo, la prueba de lo visible y como de lo inminente. Y entretanto, debo seguir trabajando. Este guión representa para mí las vacaciones de mi familia, el pago de algunas deudas, esas cosas horribles e íntimas que no debería mencionar. Total: afeitarse, poner buena cara, hacerse el disimulado y tratar de mostrarse sereno. No alocarse, sobre todo, ni dejarse impresionar. Todavía creo en la existencia de la zona en la cual nuestra voluntad tiene cierto poder sobre toda forma de amenaza. Estoy bien, me siento perfectamente, puedo seguir adelante. Espero ahora a tres poetas, que quizás por primera vez se encuentren: Leopoldo Chariarse, José Ruiz Rosas y Reynaldo Naranjo. Les di cita en casa a la misma hora, para ver si mato tres poetas de un tiro.

 

 

 

29 de julio Lectura en estos días de algunos libros sobre los ovnis, con miras a documentarme para el viejo proyecto de El viaje de Herman. Sólo he encontrado uno que me parece realmente serio, el de Allen Hynek, traducido del inglés con el título de Los objetos volantes no identificados: ¿Mito o realidad? Astrónomo de profesión, director del observatorio de la universidad de Ohio, trabajó durante años por cuenta del Ministerio del Aire norteamericano y por su propia cuenta en un programa de investigación sobre los ovnis. Su libro es lúcido, desapasionado, documentado y científicamente convincente. Es quizás el único científico de envergadura que concluye por la afirmativa: los ovnis existen.

 

Hynek analiza los casos de aparición de ovnis según un método in crescendo: luces nocturnas, discos diurnos, ovnis vistos a menos de 200 metros, ovnis vistos de cerca y que dejaron marcas reconocibles de su paso y finalmente ovnis dotados de «habitantes» vistos por testigos.

 

          Pero no habla ni menciona -sólo una vez- un caso como el de Herman, que sería la culminación de esta serie progresiva de aproximación al fenómeno: la de un humano que entra al ovni, que «viaja» en él y que conserva de esta experiencia un catálogo variadísimo de informaciones. Hynek no hubiera en realidad tomado en consideración un testimonio como el de Herman porque no se ajusta a su criterio de base: sólo aceptar aquellos fenómenos que han sido presenciados o vividos por más de un testigo.

 

          De todos modos creo que el testimonio de Herman le habría interesado a título personal, así sólo lo citara incidentalmente en una nota o apéndice, pues es el único testimonio, a mi juicio, que aventura una explicación del mecanismo ovni y aporta datos inéditos sobre el contacto con los «otros».

 

 

 

30 de julio Magus entulemia zotimos argentilo saler trapemio carnígeno ampulario per tulimo cántimo galerio amaro túpifo pertinelo agaz faluso molico nay otal caparlí oliz daritú molaz ármico sumicario antel dumigú irtel grimalo jusipal portilo fima capulio ximeral pal camal emportú laclezio sórbito margaliZZo ortelio matí capudacio relas miotrape rical póquimo tulero descarmito ampelullo maqúin.

 

          Palabras inventadas Llegar a mil o más y escribir con ellas un libro.

 

 

 

2 de agosto Días más bien enojosos, deformes, irrecibibles. Decreté «casa abierta» la semana pasada: el primer día tuve tres comensales, el segundo siete, el tercero quince que se quedaron a almorzar y a cenar, después de dejar la casa hecha un desastre, toda la vajilla sucia, mi bodega arrasada, la alfombra quemada y manchada y mi pobre salud doblegada. Tuve que cerrar la puerta, descolgar el teléfono y meterme en la cama todo el fin de semana, a régimen de leche y jugos de fruta.

 

          Encima de eso llegó de Dinamarca el sofá de cuero que encargó Alida, algo monstruosamente grande; no había forma de hacerlo entrar en la casa y finalmente fue metido a la fuerza en la sala-escritorio donde ha quedado horrible, desproporcionado. Todo a su lado se ve enano, viejo y pobre y ya no hay nada que hacer: se quedará allí hasta el Juicio Final; no hay quién lo mueva ni quiera comprarlo. Y por él tengo que pagar lo que vale un auto pequeño o un pisito en una playa perdida de España o el Perú: 2.000 dólares. No sólo es un mueble sin proporción alguna con la dimensión de la casa sino con nuestros medios económicos, un despilfarro estúpido.

 

 

 

3 de agosto En estos días de encierro, lectura del tomo tercero del diario de Anaïs Nin (Nueva York, años 1939-1944). Sus relaciones con Rango (Gonzalo More) se me vuelven claras y explicables, aunque subsisten algunos puntos de sombra. Como no conozco la vida de Anaïs más que por su diario -y en él hasta ahora no habla nunca explícitamente de sus relaciones sexuales- sólo puedo conjeturar que Rango era su amante, uno de ellos, pero el más antiguo y duradero. Es obvio además que desde hacía unos diez años lo mantenía, a él y a su mujer Zara (Helba Huara). Como seguía ayudando a Henry Miller, con regularidad, y esporádicamente a decenas de amigos artistas. En Nueva York, Anaïs cala más profundamente en la personalidad de Rango, denuncia su pereza, su inseguridad, su verbosidad política que lo eximen de la acción política, su extraña dependencia de Zara (enferma, sorda, loca). Pero al mismo tiempo cataloga lo que para ella son sus virtudes: fuerza, virilidad, antiintelectualismo, conocimiento directo de la vida, rechazo de la sociedad mercantil y por ello mismo del trabajo, etc. Paralelo de sus relaciones con Rango y con Miller, a quien muchas veces compara. Confiesa sentirse en alguna forma explotada por ellos. Masoquismo. Sólo cuando termine de leer los tomos siguientes veré más claro la figura y podré intentar un breve ensayo que podría llamarse «Un peruano en la vida de Anaïs».

 

 

 

3 de agosto Mis libros han merodeado por el mercado peruano y dado tímidos pasos por Francia, Alemania, Italia, Holanda, Polonia, pero hay dos países importantes en los cuales nadie me conoce: Estados Unidos y la Unión Soviética. Y por coincidencia recibo casi el mismo día invitaciones a enviar mis obras para lectura y eventuales traducciones. La de la Unión Soviética es más seria, pues recibí carta de traductor pidiéndome ejemplares para publicación segura. La de Estados Unidos más oblicua: un crítico y profesor español, radicado en Nueva York, que me sugiere enviarle mis libros para gestionar y recomendar su traducción a través de un instituto que se ocupa del asunto.

 

 

 

4 de agosto Anoche, a pesar de mi dieta, orden y descanso de los últimos días, crisis «cangrejoide» mucho más intensa que otras noches. Ningún remedio era capaz de calmar el devorante ardor, las náuseas y los otros síntomas indefinibles que acompañan estas crisis nocturnas. Andaba por mi casa desierta dando gritos y terminé apoyado sobre uno de mis estantes de libros, a punto de llorar, pidiéndole socorro a mi madre. El malestar duró media hora y se fue como vino, intempestivamente. A las dos y media de la mañana quedé dormido casi sentado contra mis almohadones y desperté a las ocho, con las piernas y los brazos de trapo. Un supositorio de Lamaline (15 miligramos de extracto de opio) y ¡Up! a trabajar.

 

 

 

4 de agosto Yo he despachado en mi vida miles de cartas, paquetes, revistas, libros, manuscritos y creo que nunca o quizás una o dos veces no llegaron a destino, a pesar de que generalmente no me daba el trabajo de recomendarlos. Pero esta vez que despacho un objeto único e irreemplazable, con todas las garantías del caso (perfectamente envuelto, recomendado, urgente, etc.), el objeto no llega. Me refiero a la maqueta fotográfica para la cubierta del tercer volumen de La palabra del mudo. El valor real de esta maqueta puede cifrarse y asciende, según factura del taller de fotomecánica, a unos 1.200 francos, sin contar el trabajo del artista Herman Braun, que hizo el diseño gratis. Pero su valor real o mejor dicho potencial es mucho mayor y eso me causa un perjuicio incalculable. Por lo pronto retraso de la publicación del libro y seguramente por ello aplazamiento de mi viaje a Lima en la fecha prevista, que debía coincidir con la salida del libro. Luego imposibilidad de recrear la misma maqueta y por consiguiente confección de otra distinta a la de los dos primeros volúmenes, lo que restará armonía al conjunto. En fin, el retraso y la desarmonía repercutirán a su vez sobre la suerte de este volumen, con todas las consecuencias que eso puede acarrearme: no llegará a tiempo a las personas a quienes se lo había prometido (para que dicten un curso universitario previsto, para un homenaje a mí en tanto que autor, para ser leído por editoriales que me interesan y que, roto el contacto por mi tardanza en el envío, exigirán de mí nuevas gestiones) y cuando llegue producirá mal efecto ver el último tomo bajo una presentación diferente (yo soy muy sensible a estos aspectos visuales). En fin, me pregunto por qué no se perdió una de las tantas cartas o impresos idiotas que envío en lugar de este objeto… me lo pregunto a mí, claro, pues ¿a quién diablos se lo voy a preguntar? El azar, la mala suerte no tienen oídos, o si los tienen no escuchan jamás plegaria ni reclamación.

 

 

 

7 de agosto Qué significación tiene esta vida, me pregunto. Días sin salir de casa, salvo en las mañanas para la oficina. No veo a nadie, no hablo con nadie, no busco a nadie. Mi minúscula casa me abastece de todo lo que necesito. Libros, comida, música … Empecé incluso un cuento, «Conversación en el parque», cuyo personaje principal es Castellanos. Justo recibo hoy de su viuda fotocopia de su cuento «Crisálida», que data en 1949, hace casi treinta años… De todos modos, no entiendo por qué me encierro, me escondo. No es sólo cuestión de salud o de dinero. En otros veranos solitarios me encontraba igualo peor que ahora y sin embargo salía a los bulevares, iba a los cines, invitaba a una amiga o un amigo a compartir mi soledad. Ahora ningún interés. Apenas llego de la oficina a mediodía me pongo pijama y clausuro la jornada, en lo que al exterior se refiere. Vivo en un mundo irreal, entre lo que ya no existe, rodeado de fantasmas. Me pregunto si no será el comienzo de alguna forma de locura. No olvidar la predicción de mi amigo Perucho: «Mi amigo Julio enloqueció al anochecer.»

 

 

 

8 de agosto «Basta mirar mucho rato una cosa para que ésta se vuelva interesante», dice Flaubert en su correspondencia. Sí, pero se le olvidó añadir: «y también incomprensible». Así las cosas, los edificios que veo por el balcón, sobre la Place Falguiere, van perdiendo a medida que los observo su naturalidad, su seguridad, su realidad para convertirse en objetos absurdos, inexplicables, altos cubos de concreto perforados por rectángulos luminosos, moles cuadriculadas divididas en pisos donde gente como yo está instalada en pequeños habitáculos y aislada de todo y de todos. Y en esos espacios amontonados pero incomunicados tienen que vivir, sufrir, dormir, gozar, morir, toda la vida. ¿Cómo así se ha llegado de la caverna, de la tienda a esas gigantescas cajas tan semejantes unas a otras como las celdas de las abejas? ¿Por qué? No entiendo. Todo cuadrado, todo cúbico, todo regido por el ángulo de 45 grados. ¿No hay otra forma de utilizar el espacio, otra figura, otra manera de apropiarse del vacío y habitarlo? Trato de imaginar lo imposible y no puedo concebirlo justamente porque es imposible. Algún genio vendrá y nos enseñará dentro de qué formas debemos estar y cómo deben organizarse estas formas, pero que no sea eso, por favor.

 

 

 

10 de agosto El profundo resentimiento de los animales. Mis relaciones con mi gato han llegado en estos días al punto de ruptura. La semana pasada, cuando trajeron el suntuoso sofá de cuero, lo sorprendí en el momento en que se aprestaba a afilar sus uñas sobre el fino material -como lo había hecho con los anteriores sillones hasta dejarlos en hilachas- y le di un fuetazo en el anca. Se enojó un poco y anduvo algo esquivo. Anoche, a las cuatro de la mañana, me desperté con el deseo de verificar una frase de Bouvard y Pécuchet y al entrar en la sala metí el pie en un charco hediondo: el gato acababa de orinarse en la alfombra. Lo perseguí para refregarle las narices sobre sus orines y darle a entender que no debía hacer pipí fuera de su caja. Esta mañana, antes de ir a trabajar, estuve buscándolo por toda la casa para darle su comida. No había trazas de su persona. Miré y busqué por todo sitio sin encontrarlo. Posibilidad, pero remota: que se hubiera salido por algún sitio, pero lo único que había dejado abierto era una alta ventanita del baño que da, además, sobre un patio a veinte metros de altura. Al llegar del trabajo seguí buscándolo sin resultados. Sólo cuando encendí el horno de la cocina de gas para calentar un plato, apareció. Estaba debajo de la cocina y el calor probablemente lo expulsó. ¿Cómo se había metido allí? Es un lugar casi inaccesible. Sin embargo, allí había encontrado refugio. Salió, se metió bajo un ropero y cuando apagué el horno volvió a meterse bajo la cocina. Allí ha pasado toda la tarde, sin querer salir. Por más que lo he llamado, hecho sonar su plato de comida y abierto su lata de paté. Antes bastaba que abriera su lata para que el ruido del abridor lo trajese a la carrera. Ahora nada. Sigue refugiado en su hueco y no obedece a ninguna exhortación ni tentación. Sólo de vez en cuando, al llamarlo cariñosamente, emite un débil maullido. En su memoria infalible de animal algo ha ocurrido, algo que lo aleja definitivamente de mí y me convierte de ahora en adelante en su enemigo.

 

 

 

11 de agosto No falta nada, casi nada, para que el desorden alcance en casa un carácter irreversible. Como otros veranos en que ando solo, basta que deje de hacer un día la vajilla o de tender la cama o de bajar la basura, para que a ese día se sume otro y de pronto ya no encuentro un solo plato o tenedor limpio, ya no hay sitio donde echar los restos de comida ni un cenicero donde apagar una colilla ni un lugar en el dormitorio donde colgar una camisa. Es verdaderamente horrible. No puedo ni cocinar y prefiero comerme un sánguche y tomarme un vaso de leche. Mi único refugio es mi mesa de trabajo, que hoy traté de ordenar y tiré a la mitad el arpa, muerto de angustia y de cansancio. En medio del caos traté de abstraerme y continuar mi cuento «Conversación en el parque» pero no pude avanzar sino unas líneas. Sólo puedo escribir esta nota, como si me bastara consignar el desorden y describirlo para alcanzar sobre él una primera conquista, aunque sea mental.

 

 

 

13 de agosto Terminé ahora mi cuento «Conversación en el parque», cuento extraño, mezcla de tantas cosas, a las cuales ni yo mismo les encuentro un sentido. Inspirado en lo que me contó mi hermano sobre Alfredo y Javier. Pero inscrito en otro plano. Cosas que salen un poco del subconsciente. En la mañana, expedición a librerías, frustrada por brusca degradación del tiempo, se nubló, enfrió, se interpoló un día hosco en pleno verano. Compré el tomo segundo de la biografía de Virginia Woolf, por Quentin Bell. Anoche había leído el primer tomo, aprovechando una aguda crisis de cangrejitis que me mantuvo despierto entre la una y las cinco de la mañana. Excelente libro. Estos ingleses son maestros en este tipo de trabajos. Traté de comparar a Anaïs Nin con Virginia, cuyos diarios he leído. ¡Qué diferencia! Si hubiera tenido la ocasión de conocer a una de ellas, no hubiera vacilado por Virginia. El diario de Anaïs es más rico en acontecimientos, viajes, aventuras, personajes célebres, pero no sopla en él ese aire de genialidad que se respira en el otro.

 

 

 

14 de agosto Siniestro domingo, que me niego a recibir. A pesar de que estamos en el corazón del verano, humedad, niebla, frío. Estoy tentado de encender la calefacción. En todo caso no saldré ni a la esquina, ni me quitaré el pijama, ni me afeitaré; ésa será mi venganza. Mi única aventura, llamada telefónica a Capri para conversar largo rato con mi familia. Luego lectura de la biografía de Virginia W. Conmovido y aterrado por el proceso de su locura. Me digo que, después de todo, los males de que sufro son más soportables, a pesar de su brutal aspecto físico, que los que afectan el espíritu, la mente, el sistema nervioso. Debo congratularme de tener un indestructible equilibrio psíquico. Hace días escribí que mi predilección por la soledad y el encierro constituían quizás un germen de locura, pero es evidente que exageraba. Puedo estar nervioso, a veces deprimido, inquieto, preocupado, pero ello no pasa de los límites de lo tolerable y de lo controlable. Pongo un disco, abro un libro, enciendo un cigarrillo y pronto planeo soberanamente sobre mis pequeñas miserias.

 

 

 

20 de agosto Anoche cena-lectura en casa de Armando Rojas. Leí mi cuento, «Conversación en el parque», que fue destrozado por Hinostroza y Carlos Calderón, con argumentos en gran parte pertinentes. Rodolfo sobre todo caló en lo hondo y se dio cuenta de la gran falla, que yo había notado: que el cuento no es un diálogo de Alfredo con Javier sino un monólogo mío, una sucesión de «prosas apátridas». Carlos Calderón observó lo mismo y me hizo recordar uno de los consejos que le di hace años: la dificultad de presentar personajes intelectuales. Ambos tienen razón. Yo convengo en que el diálogo es artificioso, a veces forzado. No estoy de acuerdo sin embargo en que mis personajes «no tienen existencia», en que son meros pretextos para decir algunas cosas que no sé en qué otra forma decir. Alfredo y Javier existen realmente y su diálogo fue cierto. Quizás se expresan con demasiada propiedad, eso puede corregirse. Los poetas, en cambio (a Rodolfo lo sitúo entre narradores poetas) quedaron muy impresionados: Mariano Castro Flores, Armando Rojas, etc. En fin, luego seguimos bebiendo y a las tres de la mañana vinimos a casa Rodolfo y su amiga mexicana, Carlos y Armando. Hablamos de la revista en proyecto. Lúcida exposición de Rodolfo sobre la revista que él ve y su necesidad de ampliarla a escritores de otros países y lenguas. Armando, Carlos y yo preferimos que al comienzo sea peruana, basada en las lecturas y debates que hemos realizado. Propuse dos títulos para la misma, que fueron provisionalmente aceptados: «El buen salvaje» y «Puerta falsa». Estos proyectos de revista me hicieron recordar a Los geniecillos dominicales. A las ocho de la mañana seguíamos discutiendo y tomamos desayuno en casa.

 

 

 

20 de agosto Escribí dos cartas, salí a comprar algo para la comida, puse una cantata de Bach en el tocadiscos, tomé un vaso de vino, encendí un cigarrillo, me asomé al balcón para ver el atardecer y de pronto sentí caer sobre mí toda la tristeza del mundo. ¿Qué hacía allí, Dios mío, en ese final de sábado, solo, mirando la plaza mutilada, con tan pocas ganas de vivir? ¿Dónde el cálido amor, la jubilosa amistad, el goce duradero? Pronto 48 años y sigo hablando conmigo mismo, dando vueltas en torno de mi efigie doblegada, roída por el orín del tiempo y la desilusión. Helado, seco, hueco, como una lápida olvidada en el más minúsculo cementerio serrano, mi propia lápida.

 

 

 

28 de agosto Leyendo con placer y, espero, provecho, la Vie de Henry Brulard de Stendhal, en una linda edición en dos volúmenes. Tengo la impresión de que esta obra la leí hace ya veinte años, en Munich, pues algunos pasajes me parecen familiares. Pero entonces no era tan sensible a la naturalidad, la libertad, la gracia con que está escrita. La leo sin caer en la beatería, notando la cantidad de párrafos sin ningún interés, de referencias inútiles, que sólo pueden significar algo para los stendhalianos, lo que no es mi caso. A la caza sólo de esas observaciones esporádicas, sobre personas o ideas, que surgen espontáneamente de su pluma, como apartes o digresiones, y que constituyen el verdadero encanto del estilo de Stendhal. De todos modos, no suscribo la opinión de Léautaud de preferir este libro a sus novelas.

 

 

 

27 de octubre Después de haber leído varios tomos de las Obras completas de Maupassant -en particular la correspondencia y artículos, pues la mayoría de los cuentos ya los conocía, aunque releí algunos de los maestros, M. Roque et Ce cochon de Morin- me precipito sobre las obras completas de Victor Hugo. Dejo de lado las novelas, que ya conozco, paso muy rápidamente sobre su teatro, que es francamente inaguantable y me privo de su poesía, que es lo único que falta en mi colección, para recaer sobre sus escritos íntimos. Este aspecto de los grandes escritores es el que cada vez me interesa más, sus papeles marginales: cartas, diarios, notas, borradores, artículos, etc. Me entretiene meter las narices en este desván, siempre tan revelador. Me entero así del temor, la repulsa de V H. por los gauchistes de la época; Proudhon, por ejemplo. Ambos son enemigos a muerte de Napoleón III y eso debía unirlos, pero a V H. el filósofo le da más miedo que el emperador, pues a éste lo considera un «terrorista» mientras que al primero «un terrorista y medio».

 

 

 

28 de octubre Todos o casi todos los escritores de mi generación han escrito su gran libro narrativo, que condensa su saber, su experiencia, su técnica, su concepción del mundo y la literatura. Vargas Llosa, La casa verde; Roa Bastos, Yo el supremo; Carlos Fuentes, Terra nostra; Goytisolo, Recuento; García Márquez, Cien años de soledad; Donoso, El obsceno pájaro de la noche, etc. Sólo yo no he producido un libro equivalente y a los 48 años no creo que lo pueda producir. La obra vasta y compleja, densa y sinfónica, está fuera de mis posibilidades. Quizás en Cambio de guardia perdí la ocasión de hacerlo, si en lugar de buscar la síntesis y el estilo administrativo hubiera desarrollado cada secuencia y ahondado más en los personajes. Pero entonces estaba yo obcecado por la entreverada sucesión de cortísimas escenas… En suma, nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes, casi un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer, durar. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Algunos, luego me olvidaron.

 

 

 

2 de noviembre Canto de sirena, de Gregorio Martínez, premio de novela del concurso Good Year. Las cuarenta páginas que he leído me han dejado réveur. ¿Qué pasa? No puede negarse: calidad excelente de una prosa inspirada en el habla popular de la región nasqueña. Pero es lo que yo llamo las prosas inventadas, las que no salen del interior del autor sino de su reflexión sobre el lenguaje, prosa mental y reflexiva en el doble sentido: reflexión sobre la escritura y reflexión del lenguaje nativo. El resultado es interesante, pero me fatiga y me parece afectado. Como la prosa de Azuela en El tamaño del infierno. El autor se borra, desaparece e inventa una prosa que no es la suya sino la de su personaje. ¿Todos los escritores no hacen eso, los novelistas o autores de ficción en particular? Es posible que muchos lo hagan, pero el resultado es válido cuando hay correspondencia entre la voz del autor y la voz del personaje, como en Rulfo, digamos, o Arguedas. Otros no nos transmiten sino su propia voz: Flaubert, Stendhal, Céline, Kafka; por más intermediarios que utilicen, escuchamos siempre el mismo tono, el de ellos, único, inconfundible. Y cuestiones de prosa aparte, a esta novela le falta armazón, es pura orla, bordadura, espuma. Novela invertebrada, tipo moluscoide. No se encuentra nada sólido en su interior, algo que resista al manto que la cubre y que sirva de sostén a las palabras. Éstas se caen de la hojas del árbol, sencillamente porque no hay árbol.

 

 

 

19 de noviembre Anoche nuestra decimosegunda, me parece, jornada de lecturas, esta vez en casa de madame E, con fondo culinario preparado por Hinostroza: gigantesca olla de frijoles. Ambiente cargado, tenso, por momentos confuso. Con grandes momentos de brillo y otros de insoportable aridez. Esta vez se incorporaban Leopoldo María Panero y Óscar Mansur, un español y un argentino, aparte de la dueña de casa, francesa, que también es escritora. Leopoldo llegó ya borracho, lo que creó una atmósfera un poco bufa e inquietante, aparte de que cometimos el error de dejar la lectura para después de la cena y los aperitivos, por esperar a Saúl Yurkievich. Lunel llegó con sus dos mujeres y una pareja de amigos. Panero había traído también a su barra. Éramos unas veinte personas. Empezó Hinostroza con un poema en francés y cuatro poemas inspirados en el tarot, notables estos últimos, aunque siempre un poco dentro de la línea de «contranatura», quiero decir regidos por un código bastante hermético, en el que se perciben aún influencias poundianas. Luego empalmó Panero, con la lectura de un cuento que acababa de escribir y que naturalmente tuvo enorme dificultad para leer, pues estaba a mano y además su curda le impedía una buena elocución. Optó por interrumpir su lectura a la mitad e hizo bien pues el texto era larguísimo. Hinostroza, que estuvo ayer inspirado, agresivo y de una delirante locuacidad, lo demolió, razón por la cual Leopoldo se echó a dormir y roncó durante gran parte de la velada.

 

          Armando Rojas leyó fragmentos de un poema extenso que a mí en particular me impresionó mucho, palabras sueltas, dispersas, entre cortes y silencios, palabras truncas, arcaísmos, todo ello mecido por un gran aliento, un soplo que parece venir de Inglaterra, no me explico por qué. Carlos Calderón siguió con un cuento que Hinostroza alabó mucho, pero que a mí no me gustó en exceso, quizás porque algo de su trama se me escapó. Discusión con Hinostroza sobre la importancia de «la historia» en el cuento de Calderón. Para él lo importante era la atmósfera del relato, el gris limeño, la banalidad cotidiana, al margen del hecho mismo narrado. Entre las otras lecturas cito sólo la del poema de Yurkievich, «Cubil», que desencadenó en Hinostroza un ataque de una virulencia y una inteligencia desmesuradas: calificó al poeta de bufón del rey, de pretender laicizar la poesía y despojarla de su religiosidad, le reprochó haberse empeñado en la demolición de la poesía y finalmente le imputó carecer de oído y componer una música de lata. Saúl soportó el ataque con gran serenidad y elegancia, aunque supongo no le habrá gustado mucho verse expuesto en público a tanto ensañamiento. Cito por último el relato de Mansur, verdadera sorpresa, una de las mejores cosas de la noche, narración naïve (¿hasta qué punto? no lo sé), pero que logró la unanimidad, por su carácter divertido y completamente loufoque, al punto que el propio Panero, que se despertó, participó en el regocijo general. Yo leí cinco prosas apátridas inéditas, a falta de otra cosa. Impresión favorable, con las conocidas reservas de Hinostroza: escritor del siglo XVIII (ya no del XIX), moralista, hombre que habla urbi et orbi, como el Papa, etc. En definitiva, una buena reunión, en la que la palma se la llevó Rodolfo, más brillante que nunca y cuyas intervenciones, a veces muy largas y repetitivas, dieron el tono.

 

 

 

13 de diciembre Libreta de apuntes de Vallejo, la que tenía en su saco al ser hospitalizado poco antes de su muerte. Escrita parte a lápiz y parte a tinta, apenas unas quince páginas. Documento importante, más por ser las últimas notas de Vallejo que por su contenido. Corresponde a la época en que escribió los poemas postreros de Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. La libreta fue obsequiada por Georgette a Bernardo Roca Rey y por éste a su hijo Thierry, quien me la mostró. Me ha prestado una versión mecanografiada que estoy analizando. Anécdota de su gato que interrumpe con su pata el poema que escribe Vallejo, y Vallejo lo da por concluido y más aún por escrito por su gato. Dos o tres frases muy profundamente vallejianas, aparte de una interesante observación sobre arte proletario y arte revolucionario. El resto son listas de palabras o de grupos de palabras, materiales seguramente de poemas o prosas. Aconsejaré a Thierry publicar estas notas en una buena revista, con un comentario adecuado.

 

 

 

28 de diciembre ¿Qué es lo que me impide entrar con «pasión» en las novelas de Marguerite Yourcenar? Desde hace días duerme en mi escritorio, apenas comenzada, su novela L’oeuvre au nair. Admito que está admirablemente escrita, una calidad de prosa que obliga forzosamente a remitirse por comparación a los grandes maestros. Pero si no entro en el libro es que sé que, como escritor, no tengo nada que aprender de él. Digo «como escritor» y me explico.

 

 

 

(Sin fecha) Curioso el hecho de invitar a almorzar a una familia de cinco personas y que no vengan, ni avisen que no vienen. Uno se ha pasado toda la mañana en mil trajines, hacer las compras, limpiar bien la casa, preparar una buena cocina, acicalarse y vestirse y de pronto comienza a pasar el tiempo y los invitados no llegan. La invitación era a la una de la tarde, da la una y media y nada, luego las dos, las tres menos cuarto. Nadie toca la puerta. No sabe uno qué hacer: ¿se habrán olvidado? Poco probable, pues la invitación fue hecha hace apenas dos días. ¿Un accidente? Posible, pero alguien podría habernos prevenido. ¿Un malentendido sobre el día y la hora? Difícil. Y el tiempo sigue pasando, ya son las tres, las tres y cuarto. Debate sobre si se debe o no esperar para almorzar. Un plazo más, digamos, las tres y media. Nadie. Entonces, ya sin apetito de tanto nerviosismo, amargados, comprobando que la salsa se enfrió y hay que comerla recalentada y que sobrarán kilos de quesos y otras cosas fungibles que será necesario echar a la basura, uno tiene que comer de mala gana, siempre con la preocupación de que aún pueden llegar y encontrarnos en plena manducación, lo que es feo, así no tengan excusa. Pero finalmente, así no hayan venido, los invitados ausentes han estado más presentes que nunca, más incluso con su vacío a que si hubiesen estado aquí, a nuestro alrededor.

 

 

 

(Sin fecha) En fin, después de tantas vueltas y rompederas de cabeza, pensando cómo arreglar la casa y cómo ganar espacio, hemos resuelto hacer de la sala-comedor un escritorio, lo que en realidad significa que será un escritorio donde se recibirá a los amigos y además se comerá, y no como antes una sala donde se comía y se escribía o un comedor donde venían los amigos y estaba la biblioteca. En el fondo, creo que todo viene a ser lo mismo: esta sola pieza grande de la casa seguirá siendo maleable, proteica y servirá a mil usos, según las horas y las circunstancias. El acento, sin embargo, se ha puesto sobre las estanterías, que ya cubren dos de sus cuatro paredes, lo que hizo a mi hijo declarar que le parecía estar en una biblioteca municipal. Y en este escritorio truena y reina el enorme sillón de cuero Chesterfield, el aún impagado monstruo inasimilable. Como su tono oscuro se ha tragado la luz, ha sido necesario rescatarla mediante mil extravagancias de color, muchos cuadros en todo un muro, cojines liberty, nuevo forro rayado para los sillones crapaud y otras invenciones del mismo género. En fin, creo que ha quedado bien o lo está quedando, pues faltan aún cortinas y mesas para las lámparas. Yo me siento a gusto, sobre todo ahora que mi escritorio, después de deambular por toda la pieza, ha quedado entre las dos ventanas que dan a la Place Falguiere, lo que de día me permite ver la circulación de coches y gente y de noche le da a esta habitación, vista de la plaza, el aire de un faro inextinguible o del guarique de un filósofo que se devana los sesos en meditaciones nocturnas.

 

 

 

(1978)

 

 

 

10 de enero Estos primeros días del año compilando y ordenando las cartas de mi hermano, diecisiete años de epístolas casi semanales. Luego haciendo lo mismo con mi diario, del mismo período. Este último tendría que pasarlo en limpio, sobre todo las páginas que van del 60 al 70, muchas de ellas no fechadas o escritas en el inmundo papel de la agencia France- Presse. Tarea pesada, que no me provoca por ahora realizar. Basta por ahora una clasificación aproximativa. Las cartas de mi hermano no tienen un valor literario, ni ése es su propósito, pero son una mina de informaciones -personales, familiares, nacionales- y constituyen como el acompañamiento, un poco en claroscuro, de mi vida y mis escritos. Me hace pensar en esos coros o músicos que asisten a las vedettes en sus presentaciones televisadas, pero que no se ven, sin que por esto se pueda decir que no contribuyen a la realización del espectáculo. En cuanto a mi diario, no sé aún qué valor tiene, ni si alguien tendrá el coraje de leerlo. No por su extensión -pues hasta ahora no pasaría de mil páginas impresas- sino porque contiene menos referencias a lo exterior a mí de lo que yo creía. Y lo referente a mí elude cada vez más los hechos para limitarse a reflexiones o alusiones a los hechos. De todos modos pienso proponerle a Thorndike la publicación de mi diario 50-60 a manera de ensayo.

 

 

 

23 de enero Publicado el tercer tomo de La palabra no tengo ya ninguna excusa para mi inactividad literaria. ¿Qué hacer ahora, me pregunto? Lo más natural sería tratar de sacar adelante los cuentos comenzados o planeados con miras a un cuarto volumen. Lo más natural, digo, y lo que conviene más a mi temperamento pero, como tantas veces lo he repetido, estoy ya harto del cuento. Estoy seguro de que podría «fabricar» diez o veinte más de la misma factura, pero serían variaciones sobre el mismo tema, en una palabra, virtuosidad. ¿Es un defecto esto? No enteramente, pero a mí, en particular, me causa desasosiego. Y sin embargo es quizás lo único que puedo hacer más o menos bien. Tal vez es inútil pensar en empresas más vastas. Corredor de cien metros planos, no te inscribas en la próxima maratón.

 

 

 

12 de febrero La nevada matinal se reanuda al anochecer y yo en bata japonesa, sin haber salido en todo este domingo, me entretengo haciendo dibujos naifs y hojeando libros de poemas. Entre ellos Umberto Saba, que descubrí hace poco y en quien encuentro un calor fraternal, una afinidad de temperamento y una enseñanza: quedarse en su ciudad, ser el cantor de su urbe. Si yo hubiera sido poeta, me hubiera gustado escribir sólo sobre Lima como Saba sobre Trieste. Es extraño que los mejores poetas peruanos hayan escrito contra Lima y los peores a favor. Les faltó a los primeros un poco de humildad, de indulgencia y de amor.

 

 

 

24 de febrero Flaubert decía, me parece, que la gente que va a viajar se encuentra ya un poco ausente. Así ayer cuando caminaba por los grandes bulevares sentí de pronto un olor a mar y a anticuchos, mi espíritu estaba en Lima, y tuve que hacer un esfuerzo para darme cuenta de que me encontraba en realidad en París, cerca de las Galerías Lafayette, donde tenía que recoger un paquete. Mi ensimismamiento había sido tan profundo que sólo ahora que escribo recuerdo haber visto de paso una mujer tendida en el suelo, presa de un ataque de epilepsia, rodeada de algunos curiosos y de una anciana que, por entre las piernas de los mirones, le tocaba con el dedo índice la cabeza.

 

 

 

16 de mayo De mis males, ¿qué queda al cabo de cinco años de operado? Sólo dos cosas -aparte de mi flacura. La primera, la acidez mezclada con ardor y quemazón que me asalta infatigablemente una hora después de las comidas o en plena noche y que neutralizo con una emulsión calmante que siempre tengo a la mano. La segunda es la fatiga, una fatiga intensa que, paradójicamente, no me viene al término de una jornada de trabajo sino al despertarme en la mañana y al levantarme después de la siesta. Para deshacerme de ella rápidamente, uso los malditos supositorios a base de opio (lamaline) o de cafeína (supomaline) que se han convertido para mí en imprescindibles. Estos dos males, acidez y fatiga, son fastidiosos por cotidiano pero en fin soportables. Los otros males, preoperatorios -dolor, hemorragias-, no los he vuelto a conocer en cuanto a la obstrucción del esófago, sólo se hace presente muy esporádicamente, cuando por prisa o descuido no mastico bien. En consecuencia tengo razones para considerarme como casi curado. Casi, digo, y por ahora.

 

 

 

27 de mayo Yo que he abandonado la vida nocturna hace tanto tiempo, comienzo a descubrir un nuevo aspecto de París, que es el de sus esplendorosas, surreales mañanas. Los sábados, en particular, salgo muy temprano y me voy caminando hacia el Barrio Latino, sin nada preciso que hacer, al azar de mis andanzas y encuentros. Husmeo por librerías, tiendas de discos, entro a un café para tomar un expreso y hojear un periódico, paso por antiguos lugares donde viví, vuelvo a observar prendas de la ciudad como el Sena, el Pont-Neuf, Notre-Dame, etc. De toda esta ciudad mi visión era más bien vespertina y febril, la de tantos años en los que rondé al anochecer y hasta la madrugada por bares y bulevares, solo o con amigos, bebiendo, drogando, discutiendo. Entonces en las mañanas dormía o, más tarde, cuando tuve que trabajar regularmente, las pasaba encerrado en una oficina o en la calle, pero alienado por el trabajo, sin la disponibilidad para aprehender lo que me rodeaba …

 

 

 

3 de junio Herman Braun terminó hace unos días de hacerme un retrato, un acrílico de aproximadamente un metro por uno y medio. Seis sesiones de pose y el resto del trabajo de memoria, con el apoyo de una foto ampliada. No he visto aún el resultado final, pero no creo que difiera mucho de lo que ya estaba hecho el día de mi última pose. Me parece un buen retrato, el parecido es innegable, la técnica rembrandiana muy bien aplicada. Claro, cada cual tiene de su cara su propia imagen, que generalmente es la más favorable. Y Herman da de mi cara la versión que yo muchas veces he visto en espejos y fotografías, pero que inconscientemente tiendo a sustituir por otra que halaga más mi vanidad. En resumen, Herman da mi imagen cadavérica, fatigada, envejecida, que es seguramente mi verdadera imagen y no la que yo trato de hacer prevalecer, y que guarda mi memoria, hecha de momentos efímeros de bienestar, de descanso, de placidez, de ilusión juvenil. Aparte de eso hay pequeños detalles ya imposibles de corregir, como el que yo figure con el pelo corto, cuando por lo general yo ando con el pelo muy largo y despeinado. Sucede que cuando me tomó las fotos-modelo yo acababa de cortarme el pelo. En cuanto a la calidad plástica del retrato, su valor como obra independiente del modelo o del parecido, no sé aún qué opinar, hasta que no vea el resultado final, lo que debe ocurrir en estos días. Hemos programado, en broma naturalmente, una inauguración en regla, con velo, discursos, fotos e invitados. Un mini-vernissage paródico. Lo que en realidad no me hace mucha gracia. Con este retrato Herman inaugura una nueva serie de retratos rembrandianos, de amigos o colegas, que tienen la particularidad -al menos ése es su proyecto- de que el modelo intervenga en la hechura del retrato. Si se trata de un escritor, con manuscritos suyos que serán pegados en el cuadro; si es un pintor, con algo que éste pintará en algún lugar reservado de la superficie. Idea interesante, pero que como toda idea original necesita ser refrendada por los resultados.

 

 

 

18 de julio Como en mis mejores épocas, inmensamente solo, escuchando a Vivaldi (concierto para cuatro violines) a todo volumen, en medio de una casa irremediablemente desordenada (cena anoche con Hinostroza, Calderón, Rojas y Burgos), escribiendo un relato largo, libre y descabellado, recalentando en la cacerola arroz de ayer, el pucho en la boca y el burdeos a la mano, en este anochecer veraniego, Dios me proteja y me permita llevar por mucho tiempo adelante mi vida esteparia.

 

 

 

2 de agosto Recapacitando sobre mi cuento «La fuga», cuento a todas luces fallido y la posibilidad de arreglarlo. Mi intención inicial de dejarlo tal cual se basa sólo en el hecho de que el cuento trata de alguien que raté su relato. De este modo el cuento en sí se identifica con su contenido. Pero esta argumentación no es defendible. Un razonamiento de esa naturaleza nos llevaría a los peores equívocos. Un pintor, por ejemplo, que titula su cuadro «Cuadro malo» y hace una porquería. No se puede expresar el échec con el échec.

 

 

 

7 de agosto Tres días en Trouville, con Julito y Santiago. Este último fue conduciendo nuestro auto y nos alojamos en el departamento de un amigo. Comprobación que el mal tiempo normando no es una fantasía. Días infectos con frío y aguacero. Sólo Julito y unos cuantos turistas se metieron al agua. Julito sobrepasó a nado la zona permitida, lo vi braceando a más de 200 metros de la orilla, en zona correntosa y con mar movido, completamente solo y tuve unos horribles momentos de angustia. Tuve que dirigirme al puesto de vigilancia para alertar a los nadadores vigías. «Ya hemos visto a ese hombre», me dijeron. «Es mi hijo, un niño de once años», precisé. Sólo entonces sacaron su bote de goma con motor y lo empujaron hasta la orilla, pero ya Julito salía muy orondo, como de una pileta, ni fatigado ni asustado. Recordé mi época de nadador infante y muchacho, cuando solo o con amigos hacía imprudentes pero siempre felices expediciones en mares bravíos, y lo reconocí en ese momento como mi legítimo heredero.

 

 

 

15 de octubre En una reciente encuesta entre críticos de renombre internacional se clasificó a Bacon entre los diez pintores más importantes de nuestra época. A mí personalmente la pintura de Bacon no me apasiona. Pero sí me interesa el bastidor de su pintura, el personaje, sus declaraciones. Siento con él una afinidad que nada justifica. Aunque tal vez sí: dublinense como Joyce y tantos otros artistas que adoro, generalmente alcohólicos y que han llegado a la celebridad después de una larga travesía. Prácticamente hasta los 50 años Bacon no era muy conocido. Cuando se acerca a los 70 no sabe qué hacer con su reputación ni su dinero.

 

          La famosa editorial de arte Skyra acaba de dedicarle dos volúmenes de su colección Los Senderos de la Creación, con prefacio de Michel Leiris. Una larga entrevista y múltiples reproducciones de sus cuadros. Sobre éstos no hay nada que decir. Salvo que me producen incomodidad, esas formas delicuescentes, babosas, que no tienen nada que ver con el realismo ni con la fantasía. Son excrecencias del ser, cancerosas, repudiables. Pero preferencias e irritantes. Existen por encima de nuestras preferencias y antojos. No hay forma de quitárselas de la memoria.

 

          Con sus declaraciones, en cambio, me siento inmediatamente en confianza. Esto es absurdo. Hablar de un pintor no por lo que pinta sino por lo que dice. ¿Y qué, finalmente? Yo nunca he podido desligar la obra del hombre. Y lo que finalmente me interesa es más el hombre que la creación.

 

          He encontrado en él, por ejemplo, una magnífica solución a un problema que muchas veces me he planteado y sobre todo que me han planteado. «Se puede ser optimista y totalmente sin esperanza.» A primera vista es una paradoja, un non-sens. Pero luego explica: «Tu naturaleza íntima puede ser totalmente sin esperanza, pero tu sistema nervioso es de una trama optimista.» ¡Luminosa explicación! Bacon encuentra siempre razones para la incongruencia. Esta fórmula la hago inmediatamente mía pero invirtiéndola: «se puede se pesimista pero henchido de esperanza»

 

 

 

5 de noviembre Que me alejo y me desintereso cada vez más de mi realidad, de mi tiempo, lo comprobé una vez más esta tarde al andar por el bulevar de Montparnasse, de librería en librería, buscando inútilmente los Yambas de André Chénier, sin la menor atención por los libros y revistas de hoy, ni por los anuncios de los cines y teatros, ni por el abigarrado populacho que discurría por las arterias, ni por nada que no fuera el mundo de mis lecturas y curiosidades, centradas ahora en los escritores que sufrieron el impacto de la Revolución Francesa, entre ellos Chénier, el cual perdió hasta la cabeza. Como no encontré nada de Chénier, compré dos tomos con extractos de las memorias de Saint-Simon -a falta de poder comprar las memorias completas- y heme aquí sumergido aún en épocas más lejanas, gozando de esta incomparable prosa, enterándome de detalles ridículos, cotidianos, humanos, repugnantes, fútiles o sublimes. ¿Qué diablos tengo yo que ver con estas cosas? Con Luis XIV nada, pues es un mundo que conozco poco y no me atrae en particular. Pero sí que con todo lo que se relaciona al rappart entre los intelectuales y escritores y la R. F. Creo que fue un momento estelar de la historia humana, en el que se dieron situaciones paradigmáticas y que por ello mismo sigue siendo actual.

 
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